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domingo, 18 de enero de 2015

Capítulo 10.


Pesadillas, pesadillas, pesadillas.
Siempre había pensado que las tenía porque yo me dejaba tenerlas, porque me iba a dormir desganada y con ganas de estar en cualquier sitio menos en el que estaba.
Por eso mismo me desconcertaba tenerlas, me había ido a dormir tranquila y feliz. Al despertarme sudada y con varios arañazos en las piernas busqué deprisa en la cama a Mario, pero éste no estaba.
Supuse que estaría desayunando ya que casi eran las diez y media. Así que me di una ducha todo lo deprisa que pude y cogí otra camiseta de Mario (¡pobre, acabaría dejándolo sin ropa!) y los primeros pantalones de chándal que encontré.

Esther estaba haciendo tortitas las cuál yo no podía comer dos días seguidos y, el salón se encontraba completamente vacío.
- ¿Tienes idea de dónde está Mario? - Le pregunté buscando el cartón de leche en la nevera.
- Buenos días a ti también. - Respondió indignada.
- ¿Sabes donde está o no? 
Mi madre se volvió para mirarme a la cara y justamente antes de contestar resopló.
- Ha salido a correr con Ben.
A parte de que no estaba acostumbrada a mantener una conversación fluida con ella, eran las diez de la mañana y no estaba de humor. Solo asentí.
- Por cierto, estamos a martes.- Dijo cuando estaba apunto de salir por la puerta. 
Hice como si no hubiera escuchado nada y salí. No tardo en salir tras de mí.
- Leire, por favor.- Tenía los ojos llorosos y hasta me dio pena.
- Dime.
- He cambiado la cita, para el lunes.- Murmuró. 
Relajé los hombros y la ansiedad que parecía haber comenzado a acumularse disminuyó dentro de mí.
- Gracias.-  Contesté mirándola e intentando sonreír sin resultado. De verdad agradecía que la pesadilla se retrasara una semana más. 

Estaba leyendo tirada en la cama cuando escuché el sonido del ascensor y corrí hasta el salón para recibir a Mario y a Ben, cuando llegué, el único problema es que no eran ellos, sino Dylan.
- ¡Hola! - Le saludé sonriente. Mi madre parecía estar en su cuarto.
- Hola. - Contestó pasando su mirada desde mis pies hasta detenerse en mis ojos. 
Parecía cansado, tenía sombras bajo los ojos y parecían pesarles los ojos, de todas maneras me di cuenta de que yo debería de estar más o menos igual tras mi noche de pesadillas. 
- ¿Te vienes a desayunar conmigo? - Añadió Dylan antes de que yo pudiera decir cualquier cosa. 
- ¡Claro! - Acepté tras pensar un poco en Mario al llegar a casa y no encontrarme aquí. Pero bueno, estaba cansada de estar en la cama y, como no había desayunado casi nada, tenía hambre.
Avisé a Esther de que me iba y tras cambiarme de ropa ambos salimos a la calle. Me pareció que hacía menos calor en comparación al día anterior, también veía a las personas que iban de aquí para allá de una forma distinta, como más dispersos, parecía sentirme menos agobiada. 
Andamos un par de manzanas casi sin hablar cuando Dylan se paró frente a una cafetería, parecía ser bastante grande vista desde fuera, cuando entramos, el cambio de temperatura se notó lo que vino siendo bastante y ambos elegimos una mesa cerca de la cristalera que daba a la calle para sentarnos. 
El bar no estaba muy lleno y en unos minutos un hombre con el pelo canoso, algo mayor y con unas pequeñas gafas colgadas de su larguirucha nariz nos atendió. Parecía simpático. 
Asintió sonriendo cuando le indicamos lo que queríamos y se escondió tras la barra. Dylan pidió bacon y algo que no llegué a entender. Yo me conformé con un café y un poco de pan con mantequilla.
- Bueno, ¿y qué tal? - Se apresuró a decir en cuánto el camarero se marchó.
- Bastante bien, la verdad. - Solté aliviada ante su sonrisa. No me hacía sentirme incómoda y lo agradecía mucho. - Ha venido un amigo de Barcelona ha visitarme unos días por mi cumple años. - Añadí.
- Oh, qué bien. - Contestó sin cambiar absolutamente ningún gesto de su cara. - ¿Cómo se llama? 
- Mario.- Dije sin añadir nada más. El camarero nos interrumpió sirviéndonos lo pedido en la estrecha y cuadrada mesa. 
A partir de ahí comimos con silencios cortos interrumpidos una y otra vez con preguntas a cerca de Mario, de mi vida en Barcelona y de todo lo que parecía atreverse a preguntar. Me gustaba contestarle porque siempre parecía tener una respuesta para todo y, si no, sonreía. Que, la verdad, era casi mejor. 
Hasta yo me atreví a preguntarle sobre su vida, no es que fuera poco habladora, al contrario, siempre sentía curiosidad por todo, el problema era que me costaba demasiado mostrar interés con personas con las que no me sentía cómoda o sentía que era al contrario. De todas maneras, este no era el caso.
- ¿Cuántos años tienes? - Fue mi primera pregunta. Era una pregunta estúpida, pero desde que le conocí, me pareció que era mayor que yo, y sentía curiosidad.
Él soltó una corta carcajada antes de contestar y, por un momento fue como si fuera el primer día que le veía, como si viera al chico que hace unos días me besó la mano y me sonrió con tal arrogancia que sentí ganas de escupirle en la cara. 
- ¿Eso es lo que más te preocupa de mí? - Preguntó irónico. Odiaba que me contestaran preguntas con más preguntas. 
- Tengo curiosidad, ¿vale? - Murmuré alzando las cejas. - Y pareces mayor que yo. - Añadí.
- Tengo 18 recién cumplidos. - Contestó. Y la expresión que hizo que me recordara a ese primer Dylan desapareció, volvía a tener una media sonrisa agradable y sincera. - Eres muy observadora. - Puntualizó entrecerrando los ojos.
 Yo reí. Lo era, realmente lo era, los ratos a solas en sitios llenos de gente me habían hecho observadora.
- ¿Y por qué haces un curso menos? - Pregunté dejando de reír. Ya que su madre en la cena, había comentado que este sería su último año de instituto, como el mío.
Dylan me contó que había crecido con Norelle, Violet, Robert, Jesse y también con Toria. A la que nombró en último lugar y cambiando el tono al pronunciar su nombre intentando disimular algo de lo que no tenía ni idea. Y qué bueno, todos ellos eran de mi edad y sus padres decidieron que lo mejor sería que estudiaran todos juntos.
La verdad es que no lo entendía, podían ir al mismo instituto y estudiar cursos diferentes, ¿no? Pero bueno, esto era Manhattan y las cosas sin lógica parecían abundar. 
Nos pasamos un buen rato más hablando tras habernos terminado el desayuno, me contó historias de cuando era pequeño, me habló un poco de cada uno de sus amigos, también me di cuenta de que sí que nombraba a su madre, nada sobre la enfermedad que suponía que tenía pero sí que la nombraba a ella de vez en cuando. En cambio, ni una vez hizo mención de su padre, tan si quiera nombró algún nombre refiriéndose a él que yo no conociese. Estuve a punto de preguntar, pero no lo hice. 
Salimos después de discutir que pagaríamos a medias y, cuando llegamos a la puerta de mi hotel, me dio la sensación de que el corto viaje de la cafetería a casa había sido unas diez veces más corto que cuando hicimos el trayecto al revés. Tenía ganas de llegar para estar con Mario, pero también tenía ganas de no dejar irse a Dylan. 
- ¿Por qué no subes y así puedes conocer a Mario? - Me atreví a preguntar. Mi voz sonó insegura. Desconocía totalmente el motivo, realmente pensaba que aquello era una tontería.
- ¿Por qué no me lo presentas esta noche? - Murmuró, otra vez respondiendo mi pregunta con otra pregunta,esta vez casi no fui consciente de ello.
- ¿Esta noche? - Pregunté totalmente pillada por sorpresa. 
- Sí, doy una fiesta. En mi casa, a partir de la hora que tú quieras.-  Dijo, y casi gritó. Por que ya no estaba a mi lado, si no que se alejaba de mí mientras andaba hacia atrás, ni siquiera vi cuando dejó de hacerlo. Desapareció entre la multitud. 
No me di cuenta de lo mucho que sonreía hasta que Roger el portero se puso ante mí e hizo que dejara de hacerlo.
- ¿Se encuentra bien, señorita? - Me preguntó con su grave pero simpática voz.
- Sí, muy bien. - Y le sonreí. Él me devolvió la sonrisa y me hizo un gesto para dejarme pasar primero. Cuando entré me despedí de él y corrí hasta el ascensor. 
Cuando subí, entré al salón y me encontré con Mario, sentado en uno de los sofás individuales, mirando la tele, estaba viendo un programa de cocina y, al parecer, había encontrado la forma de poner subtítulos en español.
- Hola. - Le saludé mientras me sentaba en uno de los reposabrazos de su sofá.  Me fijé en llevaba el pelo demasiado alborotado y húmedo, parecía haber salido de la ducha hace un momento. 
- Eh, ¡cuánto has tardado! - Se quejó.
- ¡Tú eres el que te has ido esta mañana sin decir nada! - Protesté. Mario dejó de mirar la tele y me miró muy serio, me encantaba llevar razón.
- Es que ir a correr por Nueva York.. - Comenzó.
- ¿Desde cuándo corres? - Le interrumpí yo, ya que Mario nunca había sido muy deportista.
- Desde que te fuiste. - Contestó, y ahora sonreía, o al menos lo intentaba. Yo solo asentí.
Sabía que no era desde que yo me había ido, si no desde que su padre había muerto. No habíamos hablado de ello, bueno, más bien, no habíamos hablado de nada. 
- Bueno, ¿y qué tal con Dylan? - No me esperaba la pregunta, así que me sobresalté. - Esther me ha dicho que has ido a desayunar con él. - Añadió al ver mi reacción.
- Ah, bien. Muy bien. - Dije. Éste asintió y yo sentí que debía añadir algo.- He querido que subiese, para que os conocierais, pero esta noche vamos a una fiesta a su casa.
- ¡¿Leyre Sanz, tú a una fiesta?! - Exclamó realmente sorprendido. Yo me estremecí al escuchar el apellido de mi padre e incliné la cabeza lentamente hacia a bajo en señal de afirmación.- ¡Pues qué bien! - Añadió riendo.
Yo reí con él y ambos nos tendimos en el sofá más grande a esperar a Esther y Ben para comer, que parecían haber salido.  
Con Mario era como todo a cámara lenta, cada detalle importaba. O al menos, a mí me importaban. Cuando nos reíamos, aunque me era casi imposible, intentaba reírme menos que él, para así poder fijarme bien en él. Me había replanteado muchas veces lo mucho que le necesitaba y la falta que me hacía, se debía a que todo con él me hacía sentirme bien, segura, libre, feliz. Cuando nos centrábamos el uno en el otro todo lo demás parecía difuso y lejano. 
Recuerdo las veces que venía a desayunar conmigo al instituto, nos sentábamos en un banco, o en una mesita pequeña de la cafetería, siempre venía los miércoles y, en aquellos momentos de nuevo no le podía ver hasta el sábado, así qué, aquella media hora era sagrada. La mayoría de las veces me dejaba el desayuno entero distraída y en los últimos minutos me apresuraba a comérmelo, siempre que alguien se me acercaba para preguntarme algo sobre alguna clase o algo, necesitaba varios segundos para desconcentrarme de Mario y concentrarme en la otra persona. 
Realmente me asustaba la forma en la que nos concentrábamos el uno en el otro y no necesitábamos a nadie más. Me asustaba mucho.
Esther y Ben no tardaron mucho en llegar y los cuatro nos dispusimos a comer juntos en un rato, la comida fue algo silenciosa, omitiendo el rato en el que Ben y Mario nos contaron por las partes de Central Park que habían recorrido por la mañana. También les contamos que por la noche teníamos una fiesta, pero ellos ya lo sabían y al parecer nos habían comprado ropa. Hice una mueca al escuchar esto de la boca de Esther pero no protesté. Tras comer, Mario y yo nos fuimos a mi habitación, encima de la cama nos encontramos dos anchas bolsas de una marca que no había escuchado en mi vida.
Para mi sorpresa, mi vestido era ancho, negro, y me llegaba un poco más arriba de las rodillas, se me pegaba un poco al pecho pero luego era totalmente suelto y de tirantes anchos. En la espalda, pegado a la nuca, un botón cerraba un pequeño círculo que dejaba que se me viera la piel si llevaba el pelo recogido. Y lo más importante, nada de tacones. 
Para Mario había unos pantalones oscuros y una camisa azul que le quedaba algo ajustada, lo que me hizo darme cuenta de que sí que había hecho deporte estos últimos días. Le quedaba bastante bien, el cuello hacía resaltar su cuadrada mandíbula. 
Mi cuerpo pedía a gritos un poco de sueño tranquilo y Mario (qué había madrugado más que yo), parecía cansado. Así qué después de probarnos la ropa, ambos nos tendimos en la cama y nos dormimos decidiendo que nos despertaríamos sin despertador. Parecía esperarnos una noche muy larga. 


domingo, 30 de noviembre de 2014

Capítulo 9.


Jace Lightwood se encargó de enseñarme eso de que ''amar es destruir y ser amado es ser destruido''. Está en la lista de todas las cosas que le agradezco, pero si no amamos, ¿realmente vivimos?
Porque ''si no le importas a nadie en el mundo, ¿existes realmente?'' o eso dijo Tessa Gray.
Yo pienso que nos arriesgamos a ser destruidos, y que todos lo elegimos porque queremos, porque lo necesitamos. Creo que es algo esencial y muy triste, que en nuestra vida sintamos la necesidad de ser algo para alguien.
También pienso que las cosas que nos asustan nos hacen más feliz, como Miss Caffeina canta en su canción ''Lisboa.'' 
Porque ''lo contrario de vivir es no arriesgarse'' y, sentir en este mundo ya nos hacen muchas cosas, pero que lo haga alguien, y de la forma que no lo hace nada ni nadie, es sentir demasiado.

Al abrir los ojos sentí que se me había olvidado lo que era dormir hasta entonces. Mario dormía a mi izquierda, con su brazo aún colocado tras mi espalda pegándome a él. Su respiración era tranquila y pesada, dormía de cara a mí y sus oscuras pestañas parecían más rizadas y largas que nunca. Estaba deseando poder mirarle a sus oscuros ojos y sentirme yo en ellos. 
Parecía tener su pelo castaño más claro aún y le sentaba bien. 
- Buenos días, Leyre. - Murmuró con los ojos cerrados aún. Yo me sobresalté, ya que pensaba que seguía dormido.
- Buenos días, idiota. - Dije sonriendo. Él abrió los ojos y me miró, no me equivocaba al pensar lo bien que me sentiría al mirarle.
- Es bueno que te siga encantando verme dormir y no me hayas matado mientras lo hacía, supongo. - Sonrío. Siempre con ese tonto de sorpresa, pensé. Yo reí.
- Ups. Era un capricho, pensaba matarte esta noche. - Susurré dejando de reír.
- Vaya, bonito detalle por tu parte. - Suspiró con una media sonrisa que dejaba ver su pequeño hoyuelo. Seguidamente se levantó y entró en mi cuarto de baño.
Yo me estiracé todo lo que pude y me levanté para abrir mi enorme armario y elegir lo más cómodo que encontré. La puerta del cuarto de baño se abrió cuando yo terminaba de colocarme la (un poco estrecha) camiseta que había cogido.
- Estás más delgada. - Dijo. Yo no pude evitar mirarle un poco mal y negar con la cabeza. Él se encogió de hombros.
- ¿Desayunamos? - Pregunté. Mario asintió y los dos andamos hasta la cocina. Parecíamos estar solos en casa.
Mario me hizo tortitas, le encantaba hacer tortitas y a mí que me las hiciera, tras tirarnos un buen rato haciendo el tonto nos sentamos en la mesa para por fin desayunar, no serían más de las 11 y media y pintaba que estaríamos solos en casa al menos hasta la hora de comer.
- Bueno.. Cuéntame. - Solté mirándole, nos habíamos sentado uno enfrente del otro en (la no muy grande) mesa de la cocina.
- ¿El qué? - Murmuró.
- Mario.. 
- Vale, vale. - Dijo algo resignado.
- No, calla. - Me apresuré a decir.
- ¿Qué pasa? - Preguntó extrañado.
- No quiero que lo hablemos, no. - Me negué. No sabía por qué, pero sentía que el poco tiempo que le tuviera conmigo fuera.. Normal. Sin discutir, sin hablar de sus menos y también de los míos, solo quería nuestros más.
Él asintió y pareció relajarse. 
Recordamos tantas momentos, risas y sonrisas que tenía unas ganas de llorar de alegría que no eran normales, tras hartarnos de tortitas nos tendimos en el sofá a ver una película que echaban en la tele en la cuál Mario no se enteraba de nada y yo me reía traduciendo todo lo que decía.
Agradecía tanto tenerle aquí, Nueva York iba a ser mi hogar, sentía que quizá fuera mi sitio y, si lo era, le necesitaba a él aquí. Me negaba a pensar que en cuatro días se iría y no le vería hasta septiembre, pero me estaba permitiendo pensar que esto se convertiría en una rutina y sabía que lo iba a pasar fatal cuando me diera cuenta de que no era así.
Sentada allí, echada en sus piernas y riéndome tanto que casi comenzaba a costarme respirar, me di cuenta de que guardaría este instante como uno de mis pequeños insignificantes instantes favoritos del mundo. La sensación de sentirme completa no me había echo darme cuenta de la gran falta que sentía hasta ahora. 
¡Pero qué tontería, no llevábamos separados casi nada! 
Se me había hecho una eternidad, no sabía como iba a afrontar estar meses sin él, pero no, no iba a pensar en eso.
- Y bueno, ¿qué tal tus días en Nueva York? ¿Has conocido a gente? - Me preguntó mientras me alisaba mi anaranjado pelo con la mano.
- Sí. - Contesté. Él parecía sorprendido.
Le conté mi corta experiencia en la fiesta, le hablé de la tímida de Norelle, de Jesse el de la sonrisa bonita, de la relamida de Toria Flannery, de Violet, de Robert y también de Dylan, pero no de sus bonitos ojos verdes y de su manía con mis por qués. Le expliqué más o menos como eran y lo extraño que había sido sentirme cómoda entre ellos y especialmente con Dylan, también añadí que era sobrino de Ben. Mario parecía escucharme con entusiasmo.
- Me alegro, mucho. - Comentó. - Muchísimo.-  Añadió.
Yo le sonreí, también me alegraba por mí y esta si que era una sensación nueva.

Esther y Ben llegaron un poco antes de la hora de comer.
Mi madre se pasó un buen rato hablando con Mario mientras yo me duchaba, supongo que el bienestar de Mario sería el tema principal de la conversación y el rock, los dos amaban el rock. A mí no es que me disgustara, me solían gustar la mayoría de los estilos de música pero lo de ellos no era normal. Lo que sí debía reconocer es que me encantaba escucharles hablar de ello.
Ni siquiera me molesté en secarme el pelo, hacía calor y de todas maneras lo tenía liso de por sí. Cuando llegué al salón en vans y en shorts, para no variar, Mario me sonrió.
- ¿Qué vais ha hacer esta tarde? - Nos preguntó Esther. Mario no me dejó contestar.
- Para empezar, vamos a ver una película.- Dijo.- En español. - Añadió. Yo reí y asentí. Mi madre nos miró extrañada pero no se molestó en preguntar.
Nos llevamos el portátil a mi cuarto y tendidos en la cama descalzos y con un bol de palomitas comenzamos a ver de nuevo ''Begin Again.''
''La historia'' de esta película por llamarla de alguna manera comenzó el cuarto día que Mario y yo quedamos, yo aún me negaba ha hablarle de mi vida y él insistía una y otra vez mientras andábamos por el centro de Barcelona, supongo que cuando comencé a interesarme por los escaparates de caras Boutiques se dio cuenta de que de verdad no le iba a contar nada. Así que cansado de preguntar para no conseguir respuestas me ofreció ir a su casa a ver una película.
Estaba solo en casa pero aún así fue uno de los momentos más incómodos de mi vida, me fijo demasiado en todo y me me pasé gran parte de la película analizando su cuarto. Al día siguiente quedamos de nuevo y le obligué a ver la película de nuevo.
Yo siempre he pensado que el mejor adjetivo para todo es ''especial'' y que ''especial'' fue lo primero que pensé al terminar la película. La música era algo que Mario y yo también compartíamos y bueno, era el elemento principal de la película.
Hay una escena, en la que Gretta (Keira Knightley) y Dan (Mark Ruffalo) conectan sus auriculares a un divisor de auriculares y se pasean por toda la ciudad con la biblioteca de música de Gretta sonando. 
Mario y yo coincidimos en que era nuestra escena favorita y nos prometimos hacer lo mismo algún día en la misma ciudad que ellos, Nueva York.
Nos pasamos las dos horas y media comiendo palomitas y sin hablar, estaba totalmente prohibido hablar mientras veíamos una peli. 
- Voy a darme una ducha.- Anunció Mario tras acabar la peli. No eran más de las seis de la tarde y lo haríamos cuando fuese de noche. 
Tras darle las toallas y poco más me tendí en mi cama y me puse a leer el libro que Mario me había regalado. No tardé ni cinco minutos en quedarme dormida.

Cuando me desperté ya oscurecía y Mario estaba tendido a mi lado leyendo el mismo libro con el que yo me había quedado dormida un rato antes.
- No sé como puedes dormir tanto, de verdad.- Comentó cerrando el libro y dejándolo a un lado.
- Yo tampoco.- Contesté encogiéndome de hombros. Él se acercó a mí y me dio un beso en la frente. Yo me resistí a protestar. 
A veces me trataba tan como mi hermano mayor que lo odiaba.
Mario era guapo, siempre me lo había parecido. Aunque nunca me hubiese fijado en él de una forma distinta a la que me fijo, claro está.
Sus ojos marrones a veces eran tan oscuros y a veces tan claros que me encantaban, nunca había tenido el pelo tan largo como ahora pero le sentaba bien, los mechones le caían por la frente húmedos y claros. 
- Voy a cambiarme, y nos vamos.-  Le indiqué. El se sacó un divisor de auriculares del bolsillo y me sonrió. 
En unos diez minutos nos encontrábamos despidiéndonos de Esther y Ben en el salón. Cuando entrábamos en el ascensor me pareció oír a Esther gritar ''¡Disfrutad de Nueva York, chicos!'' agradecí que al menos lo dijese en español.
Básicamente escuchábamos la misma música así qué escogimos mi iPod, en cuanto las puertas del ascensor se cerraron comenzó a sonar la primera canción que mi aleatorio quiso; Arabella de Arctic Monkeys.
Al pasar por la recepción y llamar la atención de varias personas me despedí de Roger con la mano.
Casi era de noche y apenas hacía calor, Mario iba a mi lado mirando al frente mientras a la vez intentábamos no chocar con nadie. De camino al metro sonó It's My Life de Bon Jovi (la cuál no pude evitar no bailar) y  Last Hope de Paramore. En cuánto mi piel comenzó a sentir el bochornoso calor del metro Yesterday de The Beatles, comenzó.
Era mi canción favorita de The Beatles y agradecía mucho poder escucharla en estos momentos. Había personas que nos miraban con caras más bien extrañas, Mario y yo solo nos sonreíamos de vez en cuando y yo me permitía sentir la música cerrando los ojos y apoyándome en su hombro.
Justo cuando el metro paró y las puertas se abrieron terminó Asleep de The Smiths, casi me duermo (y no por primera vez en el día).
Cuando bajamos Mario me quitó mi móvil de la mano y buscó la canción en la que parecía pensar;  Lost Stars de Adam Levine. Yo prefería la versión de Keira, pero aún así era mi favorita de la banda sonora. 
Mario me cogió la mano y yo nerviosa me mordí el labio. Al salir fue como si fuera la primera vez que sentía lo que sentía, de verdad que nunca llegaría a entender como en un sitio tan rodeada de gente y de enormes edificios me sentía tan libre. Mario miraba hacia todas las direcciones que podía y yo reía mientras tiraba de él para que se moviera del sitio.
Andamos tanto pero nos cansábamos tan poco que parecía increíble, The Scientist de Coldplay, Secrets de OneRepublic, Todo de Pereza, Latch de Sam Smith, Don't Wanna Miss A Thing de Aerosmith, Who Wants to Live Forever de Queen, Money Power Glory de Lana del Rey, Los Buenos de Vetusta Morla, High Hopes de Kodaline y quizá unas cuantas más formaron parte de la mejor noche de mi vida. 

Estábamos sentados en un pequeño escalón de una calle bastante solitaria mientras sonaba Another Love de Tom Odell, habíamos andado, bailado y gritado más de lo esperábamos y ya me pesaban los ojos, por no decir que si me cortaran los pies ni siquiera lo sentiría. Imaginaba que Mario no estaba menos cansado que yo y, aún así a la vez las ganas y la felicidad me pedían a gritos que la noche no acabara nunca. 
Tom Odell fue lo último que escuchamos y pasada la media noche medio dormidos, en metro volvimos a casa. 
Ben parecía llevar un par de horas dormido en el sofá cuando el molesto sonidito del ascensor le despertó. No entendía a este hombre, no era la primera vez que me esperaba en el sofá y me empezaba a preocupar su interés, siempre temía a que Esther la liara y en nada tuviéramos  que volver a Barcelona solas. De nuevo.
Me di una ducha antes de dormir y cuando liada en una enorme toalla salí del cuarto de baño, Mario ya dormía en mi cama. Y en ropa interior, para no variar.
Yo busqué en la no deshecha maleta de Mario y me coloqué una de sus camisetas, olía a él, incluso olía a Barcelona, me sentía tan cómoda en su ropa que adoraba dormir con sus camisetas.
De un salto me tiré a su lado en la cama y le oí quejarse con un difuso ''Leyre..'' me limité a acurrucarme a su lado y tan feliz como hacía tiempo que no me sentía, me dormí.





domingo, 19 de octubre de 2014

Capítulo 8.



No tardó mucho en volver a mantener las distancias, quizá fueron unos cinco segundos, o quizá seis, o hasta siete, no, siete no. Sentí que no debería haberse separado, me culpé por ello.
Más tarde me centré en la gran multitud de luces que me rodeaban, me sentía pequeña, excesivamente pequeña, me pregunté si Dylan estaría sintiendo lo mismo. Probablemente él ya estaba acostumbrado a todas las nuevas emociones que había sentido yo en los últimos días. Tras los minutos de embobamiento, los dos comenzamos a caminar. Sentía una pequeña opresión en el pecho, estaba un poco (bastante) acostumbrada a ella ya que era por la gran cantidad de gente que me rodeaba, pero con todas mis ganas (como otras tantas veces) deseé que desapareciera, que por lo menos disminuyera. Si me sentía a gusto, no entendía porque seguía encontrándose allí.
Hicimos fotos, reímos hasta casi quedarnos sin aliento, compramos dulces con mucho chocolate en puestos, tomamos café, porque nos apetecía, y porque me encantaba el café. Una chica nos hizo una foto en la que él me llevaba acuesta como un saco de patatas, mi pelo ocupaba la mayor parte de mi cara pero se veía la enorme sonrisa que llevaba, la foto era oscura y él salía de espaldas, pero me encantaba. Transmitía tanto la felicidad del momento que daba miedo.
Casi era más de media noche y todo seguía igual a cuando llegamos, la misma cantidad de gente, el mismo ajetreo, todo.
Me encantaba observar a la gente, así que de camino al metro me permití estar callada unos minutos y comencé a fijarme en todo lo que pude; dos chicas que gritaban una canción demasiada vieja para poder recordar su título, una pareja que se cogían las manos y parecían apretarlas tanto que les estuviera doliendo, un chico que tocaba la guitarra que no parecía tener partitura y estar improvisando todo el rato, también escuché a personas hablar otros idiomas, me fijé en personas excesivamente bajitas y excesivamente altas, en cortes de pelo.. Cuando entrábamos al metro sin intención alguna me relajé.
El metro estaba un poco (y solo un poco) más vacío, y los dos conseguimos sentarnos en un par de asientos el uno al lado del otro. Estábamos comenzando a ver las fotos que habíamos hecho desde su móvil cuándo me fijé en sus manos.
No eran grandes, pero tampoco pequeñas, sus dedos eran finos y tenía las uñas muy recortadas y lineales, también eran pálidas, él era muy pálido en general.
 - ¿Tocas el piano? - Pregunté, porque a mi subconsciente le apetecía hacerlo.
Había leído incontables veces en libros a chicos que tocaban el piano y tenían las manos bonitas, así que por qué no.
- Hmm, sí. - Respondió confuso y mirándome a los ojos.
Tenía unos ojos tan bonitos, pensé. Mierda, Leire, concéntrate.
- Tienes unas manos muy bonitas. - Solté risueña y encongiéndome de hombros. Él me miró sorprendido y se miró las manos.
- Me lo dicen mucho. - Dijo encogiéndose de hombros también.
- Vaya, debería haberme callado.
- ¿Por qué?
- No es bueno repetir cosas buenas a personas que ya lo saben, y mucho menos si son sobre ti mismo.- Concluí, ni siquiera lo había pensado. Pero si era verdad que lo veía así.
- ¿Y por qué? - Preguntó de nuevo.
- Porque sí. - Contesté algo sonando algo más borde de lo habitual. Quise soltarle que dejara de preguntar el por qué de las cosas, pero no lo hice.
- No te gustan los por qué.- Murmuró sonriendo.
Quise aplaudirle en la cara.
- No, es más, los odio.
- Yo no creo que sea así.
- ¿Y cómo crees que es? - No entendía porque me cuestionaba, él no me conocía para saber si mentía, y ni siquiera lo estaba haciendo.
- No te lo voy a decir. - Dijo, y se levantó porque nuestra parada se acercaba.
- ¿Por qué?
- Porque no. - Y sonrió.
Qué sonrisa tan bonita, pensé. Leire no, concéntrate.
 No me dejó contestar ya que el metro paró y nos bajamos esquivando a la gran cantidad de personas que se interponían entre la puerta y nosotros. Tampoco es que pudiera decir mucho, no me tocaba, no podía espetarle el no responder a mis por qués cuándo yo nunca le respondía a los suyos.
La noche me pareció un poco más fresca al salir, quizá fuese por el horrible calor del metro, me sentó bien.
Adoraba el frío, odiaba levantarme temprano y tocar el suelo frío con los pies descalzos, pero adoraba el frío. Adoraba las bufandas super-mega-calentitas y los jerseys super-mega-suavitos, también los gorros, gorros, gorros. En realidad adoraba cualquier complemento super-mega-calentito y super-mega-suavito del mundo.
Mi bonito hotel no quedaba a menos de unos diez minutos, así que intenté aprobechar el poco tiempo que me quedaba con Dylan.
- ¿Ben te dijo que era mi cumple años? - Le pregunté.
Dylan asintió.
- Le dejaré muy claro lo mucho que le odio cuando llegue a casa.- Añadí. Había llamado a mi actual casa, casa. No me lo podía creer.
- ¿Por qué odias tu cumple años? - Preguntó.
 Estuve apunto de contestar ''porque sí'' pero me contuve e inspiré hondo.
- Es que no entiendo por qué las personas celebran que cumplen un año más, se supone que es malo, ¿No? - Dije y lo expresé como pude ya que estaba nerviosa y no sabía por qué. Malditos por qués. - Y bueno, tampoco entiendo por qué en el día de tu cumple años todos te expresan lo mucho que te quieren, ¿No deberían decírtelo todos los días?  No sé, es todo muy contradictorio. - Añadí.
- Me encanta la forma en la que lo ves todo. - Dijo, y solo dijo eso. También sonrió. Parecía cansado en realidad, también feliz, pero bajo sus ojos unas sombras azuladas abundaban, quizá no hubiera dormido bien la noche antes, pensé. No sabía por qué no me había dado cuenta antes de la presencia de sus ojeras.
Pero en realidad, su respuesta fue lo que más me llamó la atención. Tragué y tosí más tarde, porque mi cuerpo me lo pidió más que por otra cosa, mi mente comenzó a maquinar buscando esa frase entre mis frases preferidas de mi persona preferida del mundo.
Alejé a mi mejor amigo todo lo que pude de mi mente y le dediqué la mejor sonrisa que pude sacar.
De repente deseaba más que nada en el mundo llegar a casa y meterme bajo las sábanas de mi cama, y no en mi bonita habitación en uno de los mejores hoteles de Upper East Side, si no en mi cama de siempre, en mi cama de verdad, en Barcelona, en mi vida.
Sentía la enorme necesidad de volver a mi vida. Y qué pena. Quizá fuese eso, pena, y no necesidad. Nunca lo sabría.
Seguimos andando hasta que visualicé la fachada de mi hotel, me relajé al instante. Me paré en seco y me puse frente a él.
- Bueno.. - Comencé encogiéndome de hombros.- Gracias. - Concluí.
- Ha sido un placer. - Dijo algo ruborizado, yo reí.
- Supongo que no tardaremos mucho en vernos de nuevo.
- Seguro que no. - Y su boca se cerró en una fina línea que parecía luchar por convertirse en una sonrisa sin resultados.
Me acerqué y le di un corto abrazo. No estaba para NADA acostumbrada a dar abrazos y los odiaba, pocas veces no eran incómodos.
Antes de irme le dediqué una sincera y espero que bonita sonrisa, luego me despedí con la mano, él se quedó parado y esta vez si que parecía sonreír, cuándo me volví antes de entrar por la gran y acristalada puerta, Dylan ya no estaba.
Me había costado despedirme de él, pocas veces me había pasado, bueno, si no contaba las incontables despedidas mías y de Mario.
Mario, Mario, Mario. Fuera de mi mente, fuera, fuera, fuera.
Mi cumple años no había resultado tan horrible, pensé al entrar en el ascensor y pulsar el pequeño numerito de siempre. ''De siempre'' de qué, si llevas aquí días, idiota.
Me encantaba ir sola en ascensor, mucho. Siempre me miraba en el espejo y pensaba en voz alta, sí, era idiota de verdad.
Casi cuando las puertas del ascensor debían abrirse, pensé que ya eran dos treinta y unos de julios en los que Mario no había estado a mi lado, el pasado año se encontraba de viaje, y recuerdo perfectamente lo mal que estuve, sola, en casa comiendo palomitas y leyendo el libro que me había regalado la noche antes a las doce de la noche. No es que eso hubiese sido malo, pero era peor que lo mejor.
El irritante sonidito sonó y cuando entré me acerqué a uno de los largos sofás en el que se encontraba Ben.
- ¿Esta noche también duermes aquí? - Reí. Él también rió pero negó a la vez con la cabeza.
- ¿Lo has pasado bien?
- Genial. - Contesté sonriendo.
- Me alegro.- Y seguidamente se levantó, me dio las buenas noches y se fue hacia su dormitorio.
Ben estaba formando parte de mi familia y casi ni me había dado cuenta. Le estaba dejando entrar en mí vida y si se lo contara a alguien que de verdad me conociera, no lo creería. La pequeña opresión se fue haciendo hueco en mi pecho.
No quería tener que querer a personas para que dentro de un limitado y corto tiempo se fueran, desapareciesen cómo si nada y cómo unas tres veces antes me había pasado. No quería más errores en mi vida, los errores te cambian, y aunque a veces cambiar sentaba bien, estaba cansada de ello.
Me hice una taza de café antes de irme a dormir y me la llevé a mi cuarto como muy acostumbrada a ello estaba. Sí (muy contradictorio e irónico cómo habitualmente todo respecto a mí), pero café para dormir.
Apagué las luces del pasillo y ni siquiera me molesté en encender la de mi cuarto al entrar, estaba apunto de dirigirme hacia la mesita de noche a duras penas e intentando no tropezar en la oscuridad cuando mi taza de café calló al suelo.
- Creí que no llegarías nunca.- Protestó la voz desde mi cama.
Fue lo más tranquilizador y sorprendente que había escuchado en mis días en Nueva York. No, no podía ser. El café se me había caído en los zapatos y estaba excesívamente caliente, también pensé durante unos segundos en la cara alfombra blanca que acababa de manchar y seguidamente corrí hacia donde recordaba a ver visto el interruptor y, por fin, toda la habitación se llenó de la resplandeciente luz que provenía de la enorme lámpara del techo.
Mario estaba sentado a los pies de mi cama, serio pero con cierta diversión en el rostro. Me llevé las manos a la boca y abrí tanto los ojos tanto como pude. No tardé más de cinco segundos en correr la corta distancia que nos separaba y lanzarme sobre él, éste cayó boca arriba en el colchón conmigo encima.
Y, por primera vez en mi vida, comencé a llorar sin antes replantearme la parte que le estaba mostrando de mí a alguien, aunque éste quizá me hubiera visto llorar más veces que cualquier persona de mi vida, pero, sin duda, las lágrimas no eran las mismas, nada era lo mismo, me sentía completa, lloraba de completa felicidad.
Nunca, y nunca de todos los nunca(s) posibles, me había llegado a replantear lo mucho que podría notar la presencia de alguien en mí. En los últimos años había rellenado varios huecos dentro de mí, me había aceptado a mí misma, había aceptado la muerte de mi padre, había aceptado el comportamiento de mi madre.. Pero el hueco que me encontraba rellenando en estos instantes no era exactamente un huevo, más bien era solo yo.
Me hice sitio en su cuello como tantas otras veces había hecho y me sentí, ahora sí, como siempre.
Eché la mayor parte de mi cuerpo a un lado para quedar a su lado sin separarme de él y comencé a calmarme, ninguno de los dos dijo nada, su respiración era lenta y tranquila y, poco a poco, la mía se volvió similar, cerré los ojos e inspiré lo más profundo que pude y me acomodé un poco junto a él. Mi cara se encontraba entre su cuello y el hueco de su clavícula, no pensaba moverme de allí y sentí que no necesitábamos palabras, al menos, no en ese momento. Sentía qué los ''te he echado de menos'' no hacían falta y que aquello lo expresaba todo.
Lentamente y, por una vez entre muchas veces, sin banda sonora propia, cerré los ojos y me dormí.





martes, 23 de septiembre de 2014

Capítulo 7.


Entraba demasiada luz en mi habitación cuando abrí los ojos, había una bandeja de comida sobre mi mesita de noche. Extendí los brazos sobre el colchón y cerré los ojos.

Era lunes, era mi cumple años, mi mejor amigo me odiaba pero me había felicitado de la manera que solía hacer siempre, eran las.. cuatro y media de la tarde y esperaba una llamada de mi nuevo amigo-primo (no sé por qué le llamaba así si en realidad no me gustaba) Dylan.
Entré al baño para recogerme mi largo pelo anaranjado en una coleta y seguidamente me lavé los dientes. Cuando salí de mi cuarto deducí que estaba sola en casa.
Encima de la mesa del salón había una pequeña y alargada caja envuelta en papel de regalo. Me acerqué y leí la nota que le acompañaba.


Cariño, Ben se ha tenido que marchar a una urgente reunión de trabajo y me ha pedido que le acompañase para cenar tras el acontecimiento, siento no poder felicitarte en persona.
Feliz cumple años de parte de los dos, esperamos que te guste tu regalo, muchos besos.

Mamá.



Qué raro sonaba, mamá. Sonreí por estar sola en casa.

Desenvolví la pequeña caja y la abrí. En ella había dos billetes de avión con destino Barcelona para mediados de septiembre, el cumple años de Mario.
Aún quedaba más de un mes y ni siquiera había pensado en ello, pero me alegraba que mi madre si lo hubiera hecho. Odiaba mi cumple años, pero al parecer, que fuera 31 de julio no parecía ser tan malo. No dejé que todos los pensamientos de mi cabeza giraran entorno a los dos billetes de avión durante todo el día, ya que no serviría de nada.
Así que comí y me di una ducha. Estaba viendo un estúpido programa de cotilleos cuando mi móvil sonó.
- Hola. - Saludé.
- Hola. - Contestó la grave voz de Dylan. - En diez minutos estoy ahí. - Añadió.
- ¡¿Pero-pero..?! - No me dio tiempo a protestar cuando ya había colgado.
Apagué la tele y corrí hasta mi habitación. Un reluciente sol entraba desde la gran cristalera cuando entré, elegí una falda de vuelo y una camiseta de manga corta lisa y de color blanco, lo acompañé todo con unas vans algo (muy) desgastadas rojas.
Me miré al espejo un momento antes de salir.
Si alguien me preguntase donde vivía y contestara sinceramente, no me creería. Muy obviamente para nada me acercaba al aspecto que debería llevar una chica del centro de Manhattan alojada en un hotel. Seguía con el pelo recogido en una alta coleta con más mechones de pelo fuera que recogidos, las pecas parecían abundar más, el sol las hacía resaltar de una manera exagerada y lo odiaba.
Hice un esfuerzo por sonreír y mis ojos oscuros casi se hicieron ver un poco más claros, era verdad que tras todas las horas hablando sobre quererme a mí misma aún no lo había conseguido del todo, sabía que no era horrible físicamente, incluso había habido días en los que me había sentido completamente completa conmigo misma, pero no sé.
Hacía meses que me sentía recuperada, pero había algo, seguramente insignificante, que no me dejaba seguir. Respirar completamente bien (y no era que respirara mal, mis pulmones se encontraban en perfectas condiciones) si no que sentía que existía algo que se interponía entre yo y yo. Pensé que quizá algún día me dejaría a mí misma saber lo que era, o quizá no me dejara saberlo nunca.
Cogí algo de dinero, unas gafas de sol (ya que el sol tardaría en ponerse) y una mochila con una chaqueta y poco más, me solía sentir incómoda si no llevaba mi mochila a la espalda y unos auriculares dentro. A veces no me gustaba no poder prescindir tanto de algo.
Cuando bajé, ya que pensé que era una tontería hacer subir a Dylan, estaba acercándose al hotel. Vi el reflejo de su clara sonrisa entre la multitud.
Llevaba una camiseta verde oscura que hacía que sus ojos claros se vieran especialmente bonitos y unos vaqueros desgatados, también llevaba zapatillas. Agradecí que fuera vestido así. Mucho.
- ¿Hola? - Dije cuando llegó hasta a mí y comenzó a mirarme con una media sonrisa en la cara.
- Hola, Leire.- Contestó mirándome a los ojos. Aunque la verdad era que no sabía muy bien si me estaba mirando, ya que me centré en como sus labios pronunciaron mi nombre.
Sonaba raro, muy raro. Quizá especial, o diferente. Tenía en mente una no muy larga pero no muy corta lista de adjetivos para ello.
- ¿Vamos? - Añadió. Parecía algo sorprendido por mi embobamiento, prefería no imaginarme a mí misma ahí, cuando me tocaba contestar, callada.
Sin saber que decir cuando siempre tenía algo que decir.
- Claro, vamos. - Solté deprisa, quizá demasiado.
Andábamos entre la abundante multitud no muy deprisa pero tampoco muy despacio, me señalaba edificios, hoteles, coches que veíamos pasar, personas vestidas de formas muy estrambóticas.. Pensé que podría encontrar cualquier cosa en aquellas calles.
- Andaremos hasta un pequeño bar que queda un poco lejos y luego cogeremos el metro para llegar a Time Square, ¿te parece bien? - Me informó. Yo asentí y sonreí, aunque no había pensado que cenaríamos juntos. Y menos que un chico como él cogiera el metro.
Hablamos de música, de cine, de animales, le encantaban los animales (cosa de la que yo no era muy fan) y de sus estudios. Al parecer estudiaría en Columbia, una de las mejores universidades de Nueva York, y haría medicina, algo que parecía tener muy claro.
- No tienes pinta de médico. - Reí. Andaba a su paso, y estábamos tan cerca que nuestros hombros chocaban de vez en cuando entre carcajada y carcajada.
- ¿Ah, no? ¿Y qué trabajo me pegaría? - Contestó risueño. Tenía una sonrisa bonita, no en exageración pero sí que me gustaba.
Es más, me había dado cuenta de que me encantaba mirarle, y aún más cuando él no me miraba. Me solía pasar, solía fijarme mucho (incluso demasiado) en las pequeñas cosas insignificantes, me encantan las cosas insignificantes.
- Pues.. No sé, quizá podrías un importante abogado, sí. - Dije mientras le analizaba, él me miraba curioso.
- ¿Si? - Parecía sorprendido. Hice un esfuerzo por ponerme seria y negué con la cabeza.
- La verdad es que serías un camarero excelente. - Y aceleré el paso mientras reía. Él protestó y nombro al chico de ojos marrones de la fiesta, al que no recordé hasta el tema de las profesiones. Me recordé a mí misma que dijo ''hasta pronto''.
- Ya casi estamos.- Anunció unos cinco minutos después de que una chica morena y alta tropezara con él y bromeáramos sobre ello.
La calle en la que se encontraba el pequeño bar era más bien estrecha y cuando nos encontramos en ella algo dentro de mí se relajó. El bullicio había desaparecido y los claxons de las docenas y docenas de coches solo se escuchaban a lo lejos. Me alegré de estar allí, y de la compañía.
También me gustó que me llevara a aquél pequeño y curioso bar lejos de la multitud  y no a un caro restaurante en el centro. Dentro de la pequeña estancia se estaba muy bien en comparación con el calor abrasador que se sentía fuera, y ya casi anochecía. Sonreí, la noche me relajaba.
Poco después de sentarnos en una pequeñita mesa bajo la mirada de un par de clientes, una camarera bajita y risueña nos atendió.
Los dos pedimos y tras ellos nos miramos. Sentí que fue el primer momento incómodo en todo lo que llevaba de tarde. Era un récord.
- Bueno, ¿y qué piensas que puedo ser yo de mayor? - Pregunté, ya que sentía curiosidad.
Miró por la ventana antes de contestar.
- Psicología. Te quedaría bien ser psicóloga. - Y me miró, esperando una respuesta.
La garganta se me cerró y tuve que tragar y forzarme a sonreír, aunque para nada sabía disimular mis expresiones y sabía que él lo había notado. Nunca me habían dicho algo así, en la vida había pensado en ejercer la psicología. Había pasado tanto tiempo rodeada de ellos que me daban ganas de vomitar tan solo con pensarlo.
- ¡Oh, no! - Reí de una manera un poco forzada.
Segundo momento incómodo del día.
El hizo una mueca y no contestó ya que la camarera llegó con el par de bebidas. Pedí comida no muy pesada y algo dentro de lo que más o menos me tocaba comer hoy. Mientras comíamos y hablábamos de cosas sin importancia; sus padres, los míos.. Obviamente comenté que mi padre falleció cuando yo tenía diez años pero él no me preguntó más a cerca del tema, se lo agradecí.
Me estaba sorprendiendo a mí misma por momentos, odiaba mi cumple años y había dejado que alguien que ni siquiera sabía qué día era y a quién en un principio no iba a soportar me estuviera ayudando a pasar un día genial y a olvidarme de mis cosas NO insignificantes. Odiaba las cosas NO insignificantes.
Casi reí para mis adentros.
Al salir del pequeño bar era completamente de noche, hacía una noche bonita, y tranquila. Aunque la tranquilidad no tardara mucho en desaparecer.
Cuando llegamos al metro me sorprendí un poco porque aunque fuera algo mínimo estaba un poco menos lleno que el día anterior. Había gente que pegaba cabezadas y otras que hablaban y gritaban por teléfono, era incómodo y llegaba a ser agobiante pero siempre me había encantado ir en metro.
Pasado un rato a duras penas conseguimos sentarnos en un par de asientos.
- Bueno, al final no me has dicho que querrías estudiar.- Murmuró mirándome y rompiendo el gran silencio en el que no me estaba sintiendo incómoda.
- Pues.. no tengo ni idea. - Contesté tras meditar un poco la pregunta. Cosa que había hecho para nada.
- ¿En serio?
- Sí, ¿por qué te sorprendes? - Pregunté curiosa.
- Porque pareces ser alguien que tiene las cosas bastante claras.
¿De verdad aparentaba eso? Por dios, nadie podría conocerme nunca, no tenía absolutamente NADA claro en mi vida ¿y parecía que sí? Estaba realmente sorprendida.
- Oh, para nada. - Dije tras soltar una sonora carcajada que atrajo la mirada de varias personas.
- ¿De verdad no sabes qué quieres ser? - Preguntó algo sorprendido. Al parecer no esperaba aquella respuesta.
- Ya soy algo. Mejor, o peor, pero soy algo. - Contesté con el ceño fruncido.
- Ya, pero ya sabes a que me refiero.- Se excusó.
- Ya, y de verdad que no lo sé. Tampoco quiero saberlo. - Concluí.
- ¿Y.. que crees que eres, mejor o peor? - Soltó vacilante. Parecía haber notado que no me sentía cómoda hablando de mi futuro.
- Definitivamente peor. - Reí. Él sonrió y miró para otro lado. No recibí respuesta.
Nos pasamos unos diez minutos en silencio antes de llegar. Cuando salimos del vagón entre el gran bullicio y comenzamos a subir las escaleras me miró.
- ¿Pensabas que verías esto de día? - Sonrió. Me encogí de hombros ante su pregunta.
Al salir, sentí el fresco aire en mi piel comparado con el bochorno del transporte público. Comencé a mirar hacia todas partes alucinada, las luces casi me ciegan.
- Feliz cumple años, Leire. - Me susurró la grave, fría y gratamente escalofriante voz de Dylan al oído, se acercó tanto que sus suaves labios rozaron mi oreja.







miércoles, 3 de septiembre de 2014

Capítulo 6

Definitivamente, no era la voz que esperaba. Dylan seguía a mi lado esperando a que yo dijera algo.
- ¿Eres Leire? - Prosiguió el camarero de ojos bonitos al notar que no reaccionaba.
- ¿Cómo sabes mi nombre? - Pregunté. La voz que me pareció dulce en un principio rió.
-  No me gusta servir a personas que no conozco. - Vaciló. Quise soltarle que solo era un simple camarero que no tenía ni idea de quién yo era y que debía callarse. No lo hice.
- ¿Y que quieres? - Le espeté. No pensaba seguirle el juego.
- Verte. - Soltó con tal naturaleza que parecía conocerme de toda la vida. Mi cara fue tan inexpresiva que Dylan me preguntó que si me ocurría algo, a lo que le respondí moviendo la cabeza negativamente.
- Pero no me conoces de nada, y yo a ti tampoco. - Respondí confusa, quizá demasiado. - Ni siquiera sé tu nombre. - Añadí antes de que él respondiera.
- Yo el tuyo sí. 
- Mira, no sé por qué me has apuntado tu número de teléfono y por qué quieres verme. Y tampoco es que quiera saberlo. - En realidad, sentía curiosidad. También sentía miedo.
- Bueno, tú verás. - Parecía borde pero, sonaba despreocupado. Bastante.
- Vale.- Contesté. - Adiós. - Añadí.
- Hasta pronto. - Y colgó. 
Tras colgar le conté la corta conversación a Dylan. Nos pasamos un buen rato comentando lo raro que era todo.
Dylan me demostró lo equivocada que estaba respecto a él. Su imagen de niño tonto y pijo no me dejó pensar más allá, ni siquiera había imaginado poder tener una conversación ''razonable'' con él algún día.
Un rato después Dylan y su madre Roxanne se marcharon, esta se despidió muy sonriente y prometió volver pronto, parecía feliz aunque sus ojos se veían rojos y algo tristes, Ben la despidió con un fuerte abrazo. 
- Leire, tenemos que hablar.- Murmuró Esther en cuanto las puertas del ascensor se cerraron. Sabía la conversación que me esperaba y no, no quería tenerla. No quería volver a tener que hablar del odioso tema dos veces por semana de nuevo, estaba bien, no entendía por qué me seguían obligando a ir.
Las dos nos dirigimos hacía el sofá mientras Ben se encerraba en su despacho, sabía que esta conversación no le incluía.
- Este martes tienes tu primera cita con el Señor Tomson, tu nuevo psicólogo. - Parecía seria, y nerviosa. Sabía lo que le esperaba. 
- Podríamos haberlo hablado antes. - Repliqué, y llevaba razón. Tendría que habérmelo comentado antes de concertar la cita.
- Intentaba retrasar esta discusión. - Suspiró. Vaya excusa más mala, pensé. Al menos no se había ido
intentando evitar la charla como tantas otras veces había hecho. No le contesté. - Vamos Leire, es uno de  los mejores psicólogos de Nueva York. Todo irá bien. - Añadió.
- ¡Es que ya va todo bien! - Grité. Odiaba a mi psicólogo en Barcelona, quizá me ayudó mucho junto a mí
 nutricionista, pero odio hablar de mí con personas cercanas a mí y tener que hacerlo con un desconocido era más frustrante aún.
- Tuvimos esta misma conversación un mes antes de venir aquí, prefiero no tenerla de nuevo. - Dijo. Pensé en irme, pero no le iba a dar esa satisfacción.
- No, la comenzamos y te largaste a emborracharte, ¿no te acuerdas? - Intenté no elevar mucho la voz pero me era imposible.
- Comenzaste a gritarme, como siempre.
- ¡Porque tú me obligas a hacerlo! - Grité. Era verdad que la mayoría de las veces lo hacía cuando hablaba con ella. Esther solo suspiró bruscamente y se levantó para encerrarse en su habitación. - Bien, muy bien Esther. - Añadí. Ella me respondió pegando un fuerte portazo al cerrar la puerta.
Fui a mi cuarto a por mi mochila y me monté en el ascensor, era hora de ver Nueva York.
Cuando salí la sensación de estar bajo el aire acondicionado todo el día desapareció y me topé con la realidad.
Aún no me creía todo esto. Pensaba que debía de pellizcarme las mejillas una y otra vez para despertarme y volver a estar en mi pequeño piso en Barcelona, con una madre borracha y una enfermedad que superar.
La gente andaba de un lado para otro sin prestar atención a nada. Algunos turistas se paraban a mirar la fachada del hotel bajo el que estaba, mejor dicho bajo ''mi'' hotel, ya que era preciosa, era muy raro pensar que vivía ahí.
Eché a andar sin tan siquiera saber muy bien hacia donde iba, mi Iphone por fin tendría alguna utilidad, me serviría para no perderme. Me encontraba a unos 15 minutos de La Quinta Avenida, así que me puse los cascos y anduve más despacio de lo normal observando todo lo que podía a mi paso.
Quería sentir la libertad.
El bullicio de gente aumentó en cuanto me encontré allí, antes solía agobiarme con facilidad y me veía obligada a correr para encerrarme en mi cuarto. Apunté en mi cuaderno mental agradecérselo a mi odioso ex-psicólogo Sebastián, gracias a él lo ''superé'', ya que la opción de que el miedo volviera siempre era posible.
La zona más comercial era la más cercana a Central Park, así que empecé por ahí, no esperaba comprar nada ya que apenas llevaba dinero. Me paré en escaparates de tiendas como Armani o como la gran tienda de relojes Cartier que se encontraba junto a Central Park, pensé en visitar el parque pero se me haría muy tarde. Por cierto, me encantaban los relojes, pero nunca llevaba uno.
El precio de la ropa (en general) era tan exageradamente caro que me hacía gracia. Me pregunté si mi madre algún día llevaría ropa así, porque yo, obviamente no.
Me tropecé con varias personas e hice caer unos cuantos libros. Pero tranquilos, eran del sexo femenino y no estábamos en una película. Mi torpeza era lo único que el destino me estaba mostrando.
Estuve haciendo cola ante la puerta de Apple unos diez minutos ya que (no sabía por qué) pero al parecer había más gente de lo habitual, por fuera me fascinaba. Empezaba a pensar que sentía una gran obsesión hacia las cristaleras. Compré una funda para mi móvil (ya que si no lo protegía un poco) lo rompería a base de mis golpes en un par de semanas. 
Ya casi eran las siete, no tardaría mucho en anochecer así que por último me pasé por Fao Swarz, una de las jugueterías  más bonitas del mundo. Me encantaban las jugueterías.
Solo vi la primera planta y me compré un perrito de peluche super-mega suavito. Y, que conste que nunca me habían gustado mucho los peluches.
Cogí el metro para volver a casa (me sorprendí a mi misma hablando perfectamente en inglés), ya que tuve que preguntar a varias personas para no coger un metro equivocado. Me encantaba mirar a la gente en el metro, nadie solía mirar a nadie, quizá fuese por eso. No podía comparar ir en metro en Nueva York a ir en metro en Barcelona, pero era lo más parecido a casa que había visto en estos dos días. Se me hacía raro tener que obligarme a pensar que me estaba dirigiendo hacia mi nueva casa en un hotel y no a mi estrecho piso en una remota calle de Barcelona frente a una cutre cafetería.
El hotel estaba más lleno que de costumbre, pero esto no impidió que Roger (el simpático recepcionista) me saludara amablemente y me ofreciera una galleta. En realidad solo daban galletas a los nuevos huéspedes, pero yo parecía caerle bien. Me obligué a rechazarla ya que tenía prohibido comer fuera de mis horarios. 
Hacía mucho que no comía en un McDonald's o me compraba una bolsa de chuches, lo podía hacer perfectamente a escondidas pero yo temía mucho más que mi madre que toda esa comida acabara yendo a donde no tenía que ir. 
Una mujer rubia y su hijo pequeño subieron conmigo en el ascensor, se bajaron en la tercera planta y yo seguí sola hasta la última. De pequeña siempre me habían gustado los ascensores, ahora me parecían tristes. Siempre que íbamos a algún sitio con ascensor mi padre me cogía en brazos y juntos corríamos para montarnos mientras mi madre subía por las escaleras, siempre le había dado miedo subir en ascensor, irónico que ahora tuviera que verse obligada a subir a su casa en uno. Al parecer no era la única que estaba superando sus miedos.
Ben salió de la cocina al escuchar mi llegada.
- Vaya, ¿habías salido? - Preguntó sorprendido. Ni siquiera habían notado que no estaba en casa, bien.
- Sí. - Contesté a duras penas y proseguí a encerrarme en mi cuarto. 
- ¡¿PERO TÚ DÓNDE HAS ESTADO?! - Exclamó Esther saliendo de la cocina también.
- Por ahí. - Conteste poniendo los ojos en blanco. - ¿Qué más te da? Si ni siquiera habíais notado que no estaba. - Añadí. Estaba echando leña al fuego y lo sabía, pero me daba igual.
- Podrías haberte perdido Leire. - Apuntó el listísimo de Ben. 
- Estoy aquí, ¿o no me ves? - Vacilé alzando las cejas. 
- No le hables así. - Me regañó Esther.
Reí ante su orden y seguí andando hacia mi cuarto. 
- La cena estará lista en media hora. - Me informó antes de que cerrara la puerta. Imité su actitud horas antes y contesté con un portazo.
Me quité toda la ropa hasta quedarme en ropa interior y me tumbé en mi cómoda cama. Ni las preciosas vistas me alegrarían la noche. Cogí mi móvil y le coloqué su funda. 
Me tiré la media hora restante mirando el techo de mi habitación y luego salí a comer. Fue la cena más incómoda de mi vida.
Solo hablaron ellos y al parecer teníamos que asistir a la ''famosa'' boda el mes que viene. Odiaba las bodas.
Tras cenar me di un buen baño y, casi a las once, volví a estar tumbada en mi cama. Pensé en todo en general, mi vida en estos últimos días había sido un completo desastre. 
Había acudido a uno de los funerales más duros de mi vida (sin contar el de mi padre), mi mejor amigo me odiaba, odiaba a mi mejor amigo, echaba de menos a mi mejor amigo, necesitaba a mi mejor amigo. Nueva York era lo más increíble que había visto en mi vida (y no había visto mucho). Odiaba a mi madre, odiaba a mi madre y, volvía a odiar a mi madre. También había conocido a un grupo de chicos y chicas pijos-no-tan-pijos, en Manhattan había demasiada vida social, no estaba acostumbrada a tener demasiada vida social. También tenía un nuevo ''primo'' llamado Dylan que resultaba ser un creído-no-tan-creído. Y bueno, un camarero con una sonrisa preciosa me había dado su número sin tan siquiera conocerme (aunque él decía lo contrario) y sentía miedo al respecto. También curiosidad. 
En definitiva, echaba de menos a mi mejor amigo.

Llevaba un buen rato intentando dormir (cosa que no daba resultado) cuando mi móvil emitió ese sonido irritante que parecía indicar que me habían enviado un mensaje.

No tenía el número guardado así que me fui directamente hacía el pequeño texto.

Tranquila Leire, soy Dylan y no el camarero psicópata. 

Prometí enseñarte algo de Nueva York y quizá te gustaría ver la zona más viva de Manhattan, el Times Square, te encantará. Mañana te llamo si te parece bien. 
Buenas noches, Leire.

Me sorprendió bastante ya que no me lo esperaba para nada y sonreí, ya que me moría de ganas.



No eres Dylan, tampoco el camarero psicópata. Pero sí un idiota.
Me encantaría, espero tu llamada.
Buenas noches, Dylan.

Y ahora si que no podría dormir, joder. Decidí levantarme y encendí la luz de la pequeña lampara que había en mi mesita de noche. Busqué un lápiz y me senté en el suelo con mi cuaderno frente a mi gran ''ventana''. 
Comencé a dibujar ojos, no sé realmente por qué pero me encantaban los ojos. Cuando me vine a dar cuenta tenía una página repleta de ojos. Me pareció bonita. 
Mis ojos ya me pesaban y por el propio bien de mis ojeras decidí que era hora de dormir. Estaba apunto de meterme en la cama de nuevo cuando escuché el insoportable sonido del ascensor. 
Era demasiado miedica como para salir pero si Roger había dejado pasar a alguien era por algo, además, aún se escuchaba la tele desde el salón.
Me puse las zapatillas y salí. Ben estaba dormidísimo en el sofá, dormir en el sofá era sinónimo de haber peleado con Esther. Me asusté al ver a una persona detrás del sofá pero me tranquilicé al darme cuenta de que era Roger. 
- ¡Oh, siento asustarla! - Susurró muy bajo. Me acerqué hasta él intentando hacer el menor ruido posible. 
- No importa, es muy tarde. ¿Qué hace aquí? 
- Debía traerle esto. - Dijo extendiendo lo que parecía ser un sobre y algo envuelto en papel de regalo negro. Sí, existía el papel de regalo negro. Se me hizo un nudo en el pecho al verlo. - Llegó en el correo de esta mañana pero me indicaba que lo subiera a esta hora, hablé con Ben y le pareció bien. No te esperaba despierta. 
- Oh, dios. - Susurré. - Muchas gracias por traerlo a la hora indicada, Roger.- Sonreí. El simpático hombre asintió y se volvió para volver al trabajo dándome las buenas noches antes. 
Estuve unos dos minutos sin moverme hasta que obligué a mis piernas hacerlo. Entré en mi habitación aún sujetando la carta y el regalo, busqué mis cascos y sin tan siquiera saber muy bien que canción sonaba me senté en mi cama y abrí la carta.


¡Felices 17, Leyre! 
No iba a permitir que alguien te felicitara antes que  yo, ni siquiera Roger el recepcionista. Espero que estés disfrutando de la ciudad de tu vida. Besos desde Barcelona.
PD: espero que te guste el papel de regalo negro, ¡las buenas cosas nunca cambian! 

Mario.


Sonreí al leer mi nombre escrito mal, siempre lo hacía a pesar de todas las veces que le había corregido.
Me sentía la persona más tonta del mundo. No me había acordado de mi cumple años. 
¡¿Pero cómo una persona puede olvidarse de su propio cumple años?! 
Birdy se había convertido en la banda sonora de la carta, la leí como unas 15 veces antes de abrir el regalo. Rompí el papel negro como otras tantas veces había hecho, no me gustaba, pero Mario no me dejaba abrir regalos con cuidado nunca. 
Sabía que era un libro (como siempre). Le tenía prohibido regalarme otra cosa. No había cosa más especial.
No era demasiado grueso pero tan poco demasiado fino. Era de Cecelia Ahern, titulado Where rainbow end. 
No estaba escrito en Español y, esto si que era nuevo. 
Solo quería coger papel y lápiz, escribir mis días en Nueva York y hacer que llegaran a Barcelona lo antes posible. También quería llorar hasta quedarme seca e imaginarme que vivir sin Mario sería fácil. Quería eliminar el sentimiento de echar de menos de la lista de sentimientos del mundo.
Es más, el único sentimiento con el que quería seguir conviviendo era el de sentirme libre bajo todos los rascacielos de Nueva York. 
Las lágrimas se acababan y aunque amanecía, el sueño acechaba.  
Intenté sacar el lado bueno de las cosas antes de dormirme y, bueno, acabé llegando a la conclusión de que, aunque sentía que mi mejor amigo me seguía odiando, se había molestado en hacerme saber que al menos no se había olvidado de mí.

jueves, 21 de agosto de 2014

Capítulo 5.



- No.. no hace falta Evelyn. - Insistí nerviosa mientras detenía a Evelyn a mitad de camino.
- ¡Oh, claro que hace falta! - Exclamó sonriéndome. Su sonrisa (por alguna extraña razón) me tranquilizó. 
Suspiré y asentí. No me quedaba otra, ''no tenienes a nadie aquí'' Leire, debes conocer a gente nueva.
El grupo parecía estar formado por tres chicos y tres chicas, definitivamente, no cuadraba ahí. Estuve a punto de darme la vuelta cuando Evelyn llamó a uno de los chicos.
- ¡Dylan! - Gritó y cuando estuvimos lo bastante cerca le alborotó su castaño pelo. 
- Oh, señorita Evelyn. - Bromeó este. - ¿Nos traes a la españolita de las converses?- Prosiguió. Al nombrar mis zapatos los miré e intenté ver (disimuladamente) que llevaban las demás chicas, la mesa me lo impedía.
Evelyn le sonrió y se acercó a su oído para decirle algo que no pude escuchar.
- Está bien, está bien. Te puedes ir tranquila. - Contestó el tal Dylan. Al mirarle casi que me pierdo en sus ojos verdes.
Evelyn prosiguió a irse por donde vinimos, antes de marcharse me guiñó un poco, empezaba a odiar ese gesto.
- ¿Puedes sentarte, eh? - Murmuró un chico con la cabeza completamente rapada, parecía excesivamente moreno.
Sonreí y me senté en el único sitio que quedaba libre, a mi lado se encontraba una chica rubita con el pelo por encima de los hombros, me sonreía. Tenía los dientes algo separados, pero le sentaban bien, su sonrisa me resultó familiar, y a saber por qué.
- Yo soy Norelle. - Se presentó. 
- Violet.  - Siguió la chica de al lado. Tenía el pelo negro azabache y llevaba flequillo en forma de cortinilla, también tenía pecas, me pareció muy bonita.
- Jesse. - Se presentó el chico que la seguía. Y me mostró una de las sonrisas más bonitas que había visto en mi vida.
- Yo soy Toria Flannery- Prosiguió la rubia más rubia que había visto en toda mi vida, fue la única que nombró su apellido. Tenía el pelo incluso más largo que yo y parecía alta, llevaba algo azul a conjunto con sus ojos. Definitivamente estas chicas no llevaban converses, no parecía simpática. Lo que estaba claro es que era guapísima.
- Robert. - Dijo simplemente el siguiente chico, parecía tímido.
- Y bueno, como ya sabes, yo soy Dylan. - Su voz transmitía demasiada arrogancia. Estaba sentado a mi derecha por lo que se enderezó y cogió mi mano para darme un beso en ella. Estuve por escupirle pero no podía montar un numerito, no. Igualmente tampoco iba a darle la satisfacción de ver mi sonrisa.
- Oh, Dylan por dios. La estás incomodando. - Dijo con cierto tono de ironía Toria.
- No lo hago, solo tiene ganas de escupirme en la cara. - Vaciló este. 
- Bien, es la primera cosa con sentido que dices en un buen rato. - Le felicité. Y nadie pareció esperarlo.
La mayoría de la mesa comenzó a reír, Dylan también lo hizo.
- Y bien, ¿de dónde eres? - Comenzó el chico rapado, Jesse.
- Barcelona.
- Barcelona es preciosa. - Murmuró Violet. Cierto tono de tristeza ocupó su frase. Me pregunté por qué. - He ido un par de veces de vacaciones. - Añadió.
- Lo es. - Afirmé. 
- ¿Cuántos días llevas aquí? - Preguntó Toria. Su expresión había cambiado por completo, ahora incluso parecía dulce.
- Llegué ayer.
- ¿Y ya te traen a una fiesta en la que no conoces a nadie? - Me encogí de hombros ante su pregunta.
- No me quedaba otra. 
- Ben parece feliz. - Murmuró Robert. No esperaba escucharle hablar.
- ¿Le conocéis? - Siempre había pensado que en estas fiestas la mayoría no conocía a la mayoría.
- Claro, es tío de Dylan y lleva trabajando con nuestros padres casi toda la vida. - Esta vez fue Norelle quién habló. Su voz era cantarina y bastante aguda, me hizo gracia pero no me reí. Luego me centré en que era tío de Dylan.  Qué buena noticia. 
- Ah. No tenía ni idea. 
Vi de reojo como Dylan sonreía. Estuvieron un rato preguntándome acerca de mí, a que curso iría, a que instituto iría (cosa que no tenía ni idea) y demás. Hasta me reí, no hablaron ni una sola vez sobre moda, ni sobre dinero, ni sobre fiestas similares a estas, eran todos.. normales. Sus casas no lo serían y sus armarios tampoco, pero ellos lo parecían.
Me moría de hambre y se lo agradecí al camarero que parecía acercarse. Era medianamente alto y llevaba una bandeja en la mano, me imaginé a mi manteniendo el equilibro con un par de vasos encima, me ahorré imaginarme mi estropicio y me concentré en Jesse que contaba algo gracioso sobre su criada. Agradecía no tener una o, al menos, no saber de su existencia.
El camarero por fin llegó a la mesa y prosiguió a ofrecernos una bebida de la cuál no tenía ni idea de lo que contenía. El chico tenía una voz grave pero suave, por alguna razón, me pareció dulce. Cuando llegó mi turno dejé que me sirviera una copa de aquella cosa. Poseía unos ojos color miel en los que no hubiera estado mal perderse y, cuando sonrió (gracias a Jesse que le alborotaba el flequillo a Violet) dejó mostrar lo guapo que era.
Norelle me chasqueó los dedos y los demás rieron ante mi aturdimiento, el camarero ya se había ido. También me reí y miré hacia la barra intentado seguir el rastro de mi sonrisa bonita, no vi nada. Me preguntaba que estaba haciendo pero antes de darle más vueltas, decidí no darle importancia e intenté participar en la nueva conversación.
La hora de irnos no tardó mucho en llegar, las chicas me apuntaron sus teléfonos y quedamos en vernos muy pronto, incluso Toria Flannery me cayó bien.
- ¿Qué tal ha ido? - Me preguntó mi madre mientras salíamos.
- Genial. - Contesté risueña.
- Me alegro. - Y parecía hacerlo de verdad.
Estuvimos esperando a Ben unos minutos mientras se despedía de unos amigos y Evelyn me despidió con la mano desde la puerta.
- Es muy simpática. - Comentó mi madre.
- Sí, realmente lo es. - Reí.
Ben se acercó para abrirnos la puerta del coche. En realidad, odiaba que lo hiciera, pero no diría nada. Yo entré primero.
- A ver, ¿qué tienes aquí? - Preguntó mi madre quitando algo que no lograba ver de la parte de atrás de mi vestido.
- ¿Qué es? - Pregunté mirándola. Sostenía un pequeño trozo de papel, parecía estar leyendo algo. Esther empezó a reír y yo le quité el papel para ver que le hacía tanta gracia.
El papel contenía un número de teléfono junto a las palabras ''call me''. Automáticamente pensé en Dylan y casi tiro el papel por la ventana, no lo hice.

En cuanto comenzó a sonar la alarma de mi móvil me arrepentí de no haber cambiado el timbre, era insoportable. El reloj que había situado en la pared al frente de mi cama marcaba las 11 y media. La noche anterior acabé acostándome más tarde de lo que pensaba, a mí cuaderno le sobraban muchas páginas y mis ganas de ver Nueva York de noche no faltaban.

Prometí comer con Ben y Esther a las doce y media así que me metí en la ducha. Me relajé más de lo que tendría que haberlo echo, pero me sentó bien. ''No. 1 Party Anthem'' de Arctic Monkeys seguía sonando mientras me cepillaba el pelo, ni siquiera me molesté en secármelo. Para cuando hube terminado, eran las 12 y cuarto.
Llevaba unos baqueros largos y oscuros con una camiseta roja lisa, como habitualmente, iba en converses. Comeríamos en casa y solos, así que tampoco es que importara mucho. Al parecer, Ben sabía cocinar.
- ¡Qué hambre! - Exclamé al ver los distintos platos en la mesa.
- Buenos días, cariño. - Me saludó mi madre cuando entré a la cocina. Ben me sonrió desde el horno donde parecía estar esperando algo. Al darme cuenta volví al salón y miré la mesa, había demasiada comida y, un par de cubiertos más.
El timbre del ascensor sonó antes de que pudiera preguntar.
A la primera persona que vi fue a Dylan, intenté cambiar mi cara de asco en cuanto vi a la mujer que le seguía. Llevaba el pelo extremadamente corto (demasiado como para que fuera a su gusto) y sonrió en cuanto me vio.
- Hola, primita.- Me saludó Dylan.
- Hola, y no me llames así. - Respondí lo más borde que pude.
- Hola, bonita. Yo soy Roxanne, la madre de este pequeño maleducado. - Reí y me presenté. Ben y mi madre no tardaron en salir de la cocina. Roxanne no debía tener más de cuarenta y cinco años, pero se notaba (aunque fuera de una manera mínima) la presencia de su enfermedad en ella.
En menos de quince minutos todos estábamos sentados en la mesa para comer, antes de ello vi como Dylan y Ben reían y bromeaban juntos en el sofá, parecían tener una muy buena relación.
- ¿Y qué, como le va a Evelyn con los preparativos de la boda? - Comentó Ben.
Roxanne, que parecía ser muy amiga de Evelyn, le contó varias cosas detalladamente, bueno, nos contó. Al parecer Toria Flannery era hermana de la novia. Y, como era lógico, también estábamos invitados a la boda.
La comida no fue muy larga y además, me resultó bastante amena. Dylan no habló mucho, pero cada vez que lo hicía era como si fuera la primera vez que le veía, y, ante todo, evitaba mirarme continuamente. Sus bonitos ojos verdes se veían nerviosos.
Al acabar, nos dijeron a Dylan y a mí que se ocupaban de recoger ellos. Ben parecía ser de esas personas que mantenían muy buena relación con su familia pero no la veía muy amenudo. Además, venía de haber pasado un mes en Barcelona.
Dylan se sentó en mi sofá y yo me senté a su lado.
- ¿Por qué me apuntaste tú número si vendrías hoy a comer? - Solté sin pensármelo.
- ¿Qué? - Preguntó mientras desviaba la mirada de las preciosas vistas y se centraba en mí.
- Eso. - Contesté. E intenté hacer notar toda mi frustración.
- No sé de que hablas, Leire. - Dijo sin apartarme la mirada. Me miraba directamente, y no parecía sentirse incómodo. Me gustaban las personas que lo hacían, aunque yo no pudiera.
- Espera. - Dije. Mientras me levantaba e iba hacia mi habitación.
Cogí el pequeño papel y volví al salón. Los demás parecían conversar en la cocina. En cuanto me senté de nuevo a su lado, se lo dí.
- Yo no he escrito esto, ni siquiera es mi número. - Musitó mientras me lo devolvía. No parecía darle importancia. Y no es que la echara de menos, pero la arrogancia de el día anterior parecía haber desaparecido.
- Ah, bueno. - Y me encogí de hombros. Él sonrió.
- ¿Qué te parece si llamamos? - Propuso tras haber estado callado unos minutos.
Medité su idea unos segundos.. no tenía nada que perder, y yo sola estaba claro que no llamaría.
- Vale, pero desde tu móvil.
- De acuerdo. - Dijo mientras se sacaba su bonito Iphone del bolsillo trasero de sus pantalones.
En cuanto marcó el número me pasó el teléfono. Al tercer ''pip'', descolgaron.
- ¿Si? - Fue lo único que dijo. Y, aunque solo había escuchado su voz una vez, lo primero que se me vino a la cabeza fueron sus bonitos ojos color miel.