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domingo, 18 de enero de 2015

Capítulo 10.


Pesadillas, pesadillas, pesadillas.
Siempre había pensado que las tenía porque yo me dejaba tenerlas, porque me iba a dormir desganada y con ganas de estar en cualquier sitio menos en el que estaba.
Por eso mismo me desconcertaba tenerlas, me había ido a dormir tranquila y feliz. Al despertarme sudada y con varios arañazos en las piernas busqué deprisa en la cama a Mario, pero éste no estaba.
Supuse que estaría desayunando ya que casi eran las diez y media. Así que me di una ducha todo lo deprisa que pude y cogí otra camiseta de Mario (¡pobre, acabaría dejándolo sin ropa!) y los primeros pantalones de chándal que encontré.

Esther estaba haciendo tortitas las cuál yo no podía comer dos días seguidos y, el salón se encontraba completamente vacío.
- ¿Tienes idea de dónde está Mario? - Le pregunté buscando el cartón de leche en la nevera.
- Buenos días a ti también. - Respondió indignada.
- ¿Sabes donde está o no? 
Mi madre se volvió para mirarme a la cara y justamente antes de contestar resopló.
- Ha salido a correr con Ben.
A parte de que no estaba acostumbrada a mantener una conversación fluida con ella, eran las diez de la mañana y no estaba de humor. Solo asentí.
- Por cierto, estamos a martes.- Dijo cuando estaba apunto de salir por la puerta. 
Hice como si no hubiera escuchado nada y salí. No tardo en salir tras de mí.
- Leire, por favor.- Tenía los ojos llorosos y hasta me dio pena.
- Dime.
- He cambiado la cita, para el lunes.- Murmuró. 
Relajé los hombros y la ansiedad que parecía haber comenzado a acumularse disminuyó dentro de mí.
- Gracias.-  Contesté mirándola e intentando sonreír sin resultado. De verdad agradecía que la pesadilla se retrasara una semana más. 

Estaba leyendo tirada en la cama cuando escuché el sonido del ascensor y corrí hasta el salón para recibir a Mario y a Ben, cuando llegué, el único problema es que no eran ellos, sino Dylan.
- ¡Hola! - Le saludé sonriente. Mi madre parecía estar en su cuarto.
- Hola. - Contestó pasando su mirada desde mis pies hasta detenerse en mis ojos. 
Parecía cansado, tenía sombras bajo los ojos y parecían pesarles los ojos, de todas maneras me di cuenta de que yo debería de estar más o menos igual tras mi noche de pesadillas. 
- ¿Te vienes a desayunar conmigo? - Añadió Dylan antes de que yo pudiera decir cualquier cosa. 
- ¡Claro! - Acepté tras pensar un poco en Mario al llegar a casa y no encontrarme aquí. Pero bueno, estaba cansada de estar en la cama y, como no había desayunado casi nada, tenía hambre.
Avisé a Esther de que me iba y tras cambiarme de ropa ambos salimos a la calle. Me pareció que hacía menos calor en comparación al día anterior, también veía a las personas que iban de aquí para allá de una forma distinta, como más dispersos, parecía sentirme menos agobiada. 
Andamos un par de manzanas casi sin hablar cuando Dylan se paró frente a una cafetería, parecía ser bastante grande vista desde fuera, cuando entramos, el cambio de temperatura se notó lo que vino siendo bastante y ambos elegimos una mesa cerca de la cristalera que daba a la calle para sentarnos. 
El bar no estaba muy lleno y en unos minutos un hombre con el pelo canoso, algo mayor y con unas pequeñas gafas colgadas de su larguirucha nariz nos atendió. Parecía simpático. 
Asintió sonriendo cuando le indicamos lo que queríamos y se escondió tras la barra. Dylan pidió bacon y algo que no llegué a entender. Yo me conformé con un café y un poco de pan con mantequilla.
- Bueno, ¿y qué tal? - Se apresuró a decir en cuánto el camarero se marchó.
- Bastante bien, la verdad. - Solté aliviada ante su sonrisa. No me hacía sentirme incómoda y lo agradecía mucho. - Ha venido un amigo de Barcelona ha visitarme unos días por mi cumple años. - Añadí.
- Oh, qué bien. - Contestó sin cambiar absolutamente ningún gesto de su cara. - ¿Cómo se llama? 
- Mario.- Dije sin añadir nada más. El camarero nos interrumpió sirviéndonos lo pedido en la estrecha y cuadrada mesa. 
A partir de ahí comimos con silencios cortos interrumpidos una y otra vez con preguntas a cerca de Mario, de mi vida en Barcelona y de todo lo que parecía atreverse a preguntar. Me gustaba contestarle porque siempre parecía tener una respuesta para todo y, si no, sonreía. Que, la verdad, era casi mejor. 
Hasta yo me atreví a preguntarle sobre su vida, no es que fuera poco habladora, al contrario, siempre sentía curiosidad por todo, el problema era que me costaba demasiado mostrar interés con personas con las que no me sentía cómoda o sentía que era al contrario. De todas maneras, este no era el caso.
- ¿Cuántos años tienes? - Fue mi primera pregunta. Era una pregunta estúpida, pero desde que le conocí, me pareció que era mayor que yo, y sentía curiosidad.
Él soltó una corta carcajada antes de contestar y, por un momento fue como si fuera el primer día que le veía, como si viera al chico que hace unos días me besó la mano y me sonrió con tal arrogancia que sentí ganas de escupirle en la cara. 
- ¿Eso es lo que más te preocupa de mí? - Preguntó irónico. Odiaba que me contestaran preguntas con más preguntas. 
- Tengo curiosidad, ¿vale? - Murmuré alzando las cejas. - Y pareces mayor que yo. - Añadí.
- Tengo 18 recién cumplidos. - Contestó. Y la expresión que hizo que me recordara a ese primer Dylan desapareció, volvía a tener una media sonrisa agradable y sincera. - Eres muy observadora. - Puntualizó entrecerrando los ojos.
 Yo reí. Lo era, realmente lo era, los ratos a solas en sitios llenos de gente me habían hecho observadora.
- ¿Y por qué haces un curso menos? - Pregunté dejando de reír. Ya que su madre en la cena, había comentado que este sería su último año de instituto, como el mío.
Dylan me contó que había crecido con Norelle, Violet, Robert, Jesse y también con Toria. A la que nombró en último lugar y cambiando el tono al pronunciar su nombre intentando disimular algo de lo que no tenía ni idea. Y qué bueno, todos ellos eran de mi edad y sus padres decidieron que lo mejor sería que estudiaran todos juntos.
La verdad es que no lo entendía, podían ir al mismo instituto y estudiar cursos diferentes, ¿no? Pero bueno, esto era Manhattan y las cosas sin lógica parecían abundar. 
Nos pasamos un buen rato más hablando tras habernos terminado el desayuno, me contó historias de cuando era pequeño, me habló un poco de cada uno de sus amigos, también me di cuenta de que sí que nombraba a su madre, nada sobre la enfermedad que suponía que tenía pero sí que la nombraba a ella de vez en cuando. En cambio, ni una vez hizo mención de su padre, tan si quiera nombró algún nombre refiriéndose a él que yo no conociese. Estuve a punto de preguntar, pero no lo hice. 
Salimos después de discutir que pagaríamos a medias y, cuando llegamos a la puerta de mi hotel, me dio la sensación de que el corto viaje de la cafetería a casa había sido unas diez veces más corto que cuando hicimos el trayecto al revés. Tenía ganas de llegar para estar con Mario, pero también tenía ganas de no dejar irse a Dylan. 
- ¿Por qué no subes y así puedes conocer a Mario? - Me atreví a preguntar. Mi voz sonó insegura. Desconocía totalmente el motivo, realmente pensaba que aquello era una tontería.
- ¿Por qué no me lo presentas esta noche? - Murmuró, otra vez respondiendo mi pregunta con otra pregunta,esta vez casi no fui consciente de ello.
- ¿Esta noche? - Pregunté totalmente pillada por sorpresa. 
- Sí, doy una fiesta. En mi casa, a partir de la hora que tú quieras.-  Dijo, y casi gritó. Por que ya no estaba a mi lado, si no que se alejaba de mí mientras andaba hacia atrás, ni siquiera vi cuando dejó de hacerlo. Desapareció entre la multitud. 
No me di cuenta de lo mucho que sonreía hasta que Roger el portero se puso ante mí e hizo que dejara de hacerlo.
- ¿Se encuentra bien, señorita? - Me preguntó con su grave pero simpática voz.
- Sí, muy bien. - Y le sonreí. Él me devolvió la sonrisa y me hizo un gesto para dejarme pasar primero. Cuando entré me despedí de él y corrí hasta el ascensor. 
Cuando subí, entré al salón y me encontré con Mario, sentado en uno de los sofás individuales, mirando la tele, estaba viendo un programa de cocina y, al parecer, había encontrado la forma de poner subtítulos en español.
- Hola. - Le saludé mientras me sentaba en uno de los reposabrazos de su sofá.  Me fijé en llevaba el pelo demasiado alborotado y húmedo, parecía haber salido de la ducha hace un momento. 
- Eh, ¡cuánto has tardado! - Se quejó.
- ¡Tú eres el que te has ido esta mañana sin decir nada! - Protesté. Mario dejó de mirar la tele y me miró muy serio, me encantaba llevar razón.
- Es que ir a correr por Nueva York.. - Comenzó.
- ¿Desde cuándo corres? - Le interrumpí yo, ya que Mario nunca había sido muy deportista.
- Desde que te fuiste. - Contestó, y ahora sonreía, o al menos lo intentaba. Yo solo asentí.
Sabía que no era desde que yo me había ido, si no desde que su padre había muerto. No habíamos hablado de ello, bueno, más bien, no habíamos hablado de nada. 
- Bueno, ¿y qué tal con Dylan? - No me esperaba la pregunta, así que me sobresalté. - Esther me ha dicho que has ido a desayunar con él. - Añadió al ver mi reacción.
- Ah, bien. Muy bien. - Dije. Éste asintió y yo sentí que debía añadir algo.- He querido que subiese, para que os conocierais, pero esta noche vamos a una fiesta a su casa.
- ¡¿Leyre Sanz, tú a una fiesta?! - Exclamó realmente sorprendido. Yo me estremecí al escuchar el apellido de mi padre e incliné la cabeza lentamente hacia a bajo en señal de afirmación.- ¡Pues qué bien! - Añadió riendo.
Yo reí con él y ambos nos tendimos en el sofá más grande a esperar a Esther y Ben para comer, que parecían haber salido.  
Con Mario era como todo a cámara lenta, cada detalle importaba. O al menos, a mí me importaban. Cuando nos reíamos, aunque me era casi imposible, intentaba reírme menos que él, para así poder fijarme bien en él. Me había replanteado muchas veces lo mucho que le necesitaba y la falta que me hacía, se debía a que todo con él me hacía sentirme bien, segura, libre, feliz. Cuando nos centrábamos el uno en el otro todo lo demás parecía difuso y lejano. 
Recuerdo las veces que venía a desayunar conmigo al instituto, nos sentábamos en un banco, o en una mesita pequeña de la cafetería, siempre venía los miércoles y, en aquellos momentos de nuevo no le podía ver hasta el sábado, así qué, aquella media hora era sagrada. La mayoría de las veces me dejaba el desayuno entero distraída y en los últimos minutos me apresuraba a comérmelo, siempre que alguien se me acercaba para preguntarme algo sobre alguna clase o algo, necesitaba varios segundos para desconcentrarme de Mario y concentrarme en la otra persona. 
Realmente me asustaba la forma en la que nos concentrábamos el uno en el otro y no necesitábamos a nadie más. Me asustaba mucho.
Esther y Ben no tardaron mucho en llegar y los cuatro nos dispusimos a comer juntos en un rato, la comida fue algo silenciosa, omitiendo el rato en el que Ben y Mario nos contaron por las partes de Central Park que habían recorrido por la mañana. También les contamos que por la noche teníamos una fiesta, pero ellos ya lo sabían y al parecer nos habían comprado ropa. Hice una mueca al escuchar esto de la boca de Esther pero no protesté. Tras comer, Mario y yo nos fuimos a mi habitación, encima de la cama nos encontramos dos anchas bolsas de una marca que no había escuchado en mi vida.
Para mi sorpresa, mi vestido era ancho, negro, y me llegaba un poco más arriba de las rodillas, se me pegaba un poco al pecho pero luego era totalmente suelto y de tirantes anchos. En la espalda, pegado a la nuca, un botón cerraba un pequeño círculo que dejaba que se me viera la piel si llevaba el pelo recogido. Y lo más importante, nada de tacones. 
Para Mario había unos pantalones oscuros y una camisa azul que le quedaba algo ajustada, lo que me hizo darme cuenta de que sí que había hecho deporte estos últimos días. Le quedaba bastante bien, el cuello hacía resaltar su cuadrada mandíbula. 
Mi cuerpo pedía a gritos un poco de sueño tranquilo y Mario (qué había madrugado más que yo), parecía cansado. Así qué después de probarnos la ropa, ambos nos tendimos en la cama y nos dormimos decidiendo que nos despertaríamos sin despertador. Parecía esperarnos una noche muy larga. 


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