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domingo, 19 de octubre de 2014

Capítulo 8.



No tardó mucho en volver a mantener las distancias, quizá fueron unos cinco segundos, o quizá seis, o hasta siete, no, siete no. Sentí que no debería haberse separado, me culpé por ello.
Más tarde me centré en la gran multitud de luces que me rodeaban, me sentía pequeña, excesivamente pequeña, me pregunté si Dylan estaría sintiendo lo mismo. Probablemente él ya estaba acostumbrado a todas las nuevas emociones que había sentido yo en los últimos días. Tras los minutos de embobamiento, los dos comenzamos a caminar. Sentía una pequeña opresión en el pecho, estaba un poco (bastante) acostumbrada a ella ya que era por la gran cantidad de gente que me rodeaba, pero con todas mis ganas (como otras tantas veces) deseé que desapareciera, que por lo menos disminuyera. Si me sentía a gusto, no entendía porque seguía encontrándose allí.
Hicimos fotos, reímos hasta casi quedarnos sin aliento, compramos dulces con mucho chocolate en puestos, tomamos café, porque nos apetecía, y porque me encantaba el café. Una chica nos hizo una foto en la que él me llevaba acuesta como un saco de patatas, mi pelo ocupaba la mayor parte de mi cara pero se veía la enorme sonrisa que llevaba, la foto era oscura y él salía de espaldas, pero me encantaba. Transmitía tanto la felicidad del momento que daba miedo.
Casi era más de media noche y todo seguía igual a cuando llegamos, la misma cantidad de gente, el mismo ajetreo, todo.
Me encantaba observar a la gente, así que de camino al metro me permití estar callada unos minutos y comencé a fijarme en todo lo que pude; dos chicas que gritaban una canción demasiada vieja para poder recordar su título, una pareja que se cogían las manos y parecían apretarlas tanto que les estuviera doliendo, un chico que tocaba la guitarra que no parecía tener partitura y estar improvisando todo el rato, también escuché a personas hablar otros idiomas, me fijé en personas excesivamente bajitas y excesivamente altas, en cortes de pelo.. Cuando entrábamos al metro sin intención alguna me relajé.
El metro estaba un poco (y solo un poco) más vacío, y los dos conseguimos sentarnos en un par de asientos el uno al lado del otro. Estábamos comenzando a ver las fotos que habíamos hecho desde su móvil cuándo me fijé en sus manos.
No eran grandes, pero tampoco pequeñas, sus dedos eran finos y tenía las uñas muy recortadas y lineales, también eran pálidas, él era muy pálido en general.
 - ¿Tocas el piano? - Pregunté, porque a mi subconsciente le apetecía hacerlo.
Había leído incontables veces en libros a chicos que tocaban el piano y tenían las manos bonitas, así que por qué no.
- Hmm, sí. - Respondió confuso y mirándome a los ojos.
Tenía unos ojos tan bonitos, pensé. Mierda, Leire, concéntrate.
- Tienes unas manos muy bonitas. - Solté risueña y encongiéndome de hombros. Él me miró sorprendido y se miró las manos.
- Me lo dicen mucho. - Dijo encogiéndose de hombros también.
- Vaya, debería haberme callado.
- ¿Por qué?
- No es bueno repetir cosas buenas a personas que ya lo saben, y mucho menos si son sobre ti mismo.- Concluí, ni siquiera lo había pensado. Pero si era verdad que lo veía así.
- ¿Y por qué? - Preguntó de nuevo.
- Porque sí. - Contesté algo sonando algo más borde de lo habitual. Quise soltarle que dejara de preguntar el por qué de las cosas, pero no lo hice.
- No te gustan los por qué.- Murmuró sonriendo.
Quise aplaudirle en la cara.
- No, es más, los odio.
- Yo no creo que sea así.
- ¿Y cómo crees que es? - No entendía porque me cuestionaba, él no me conocía para saber si mentía, y ni siquiera lo estaba haciendo.
- No te lo voy a decir. - Dijo, y se levantó porque nuestra parada se acercaba.
- ¿Por qué?
- Porque no. - Y sonrió.
Qué sonrisa tan bonita, pensé. Leire no, concéntrate.
 No me dejó contestar ya que el metro paró y nos bajamos esquivando a la gran cantidad de personas que se interponían entre la puerta y nosotros. Tampoco es que pudiera decir mucho, no me tocaba, no podía espetarle el no responder a mis por qués cuándo yo nunca le respondía a los suyos.
La noche me pareció un poco más fresca al salir, quizá fuese por el horrible calor del metro, me sentó bien.
Adoraba el frío, odiaba levantarme temprano y tocar el suelo frío con los pies descalzos, pero adoraba el frío. Adoraba las bufandas super-mega-calentitas y los jerseys super-mega-suavitos, también los gorros, gorros, gorros. En realidad adoraba cualquier complemento super-mega-calentito y super-mega-suavito del mundo.
Mi bonito hotel no quedaba a menos de unos diez minutos, así que intenté aprobechar el poco tiempo que me quedaba con Dylan.
- ¿Ben te dijo que era mi cumple años? - Le pregunté.
Dylan asintió.
- Le dejaré muy claro lo mucho que le odio cuando llegue a casa.- Añadí. Había llamado a mi actual casa, casa. No me lo podía creer.
- ¿Por qué odias tu cumple años? - Preguntó.
 Estuve apunto de contestar ''porque sí'' pero me contuve e inspiré hondo.
- Es que no entiendo por qué las personas celebran que cumplen un año más, se supone que es malo, ¿No? - Dije y lo expresé como pude ya que estaba nerviosa y no sabía por qué. Malditos por qués. - Y bueno, tampoco entiendo por qué en el día de tu cumple años todos te expresan lo mucho que te quieren, ¿No deberían decírtelo todos los días?  No sé, es todo muy contradictorio. - Añadí.
- Me encanta la forma en la que lo ves todo. - Dijo, y solo dijo eso. También sonrió. Parecía cansado en realidad, también feliz, pero bajo sus ojos unas sombras azuladas abundaban, quizá no hubiera dormido bien la noche antes, pensé. No sabía por qué no me había dado cuenta antes de la presencia de sus ojeras.
Pero en realidad, su respuesta fue lo que más me llamó la atención. Tragué y tosí más tarde, porque mi cuerpo me lo pidió más que por otra cosa, mi mente comenzó a maquinar buscando esa frase entre mis frases preferidas de mi persona preferida del mundo.
Alejé a mi mejor amigo todo lo que pude de mi mente y le dediqué la mejor sonrisa que pude sacar.
De repente deseaba más que nada en el mundo llegar a casa y meterme bajo las sábanas de mi cama, y no en mi bonita habitación en uno de los mejores hoteles de Upper East Side, si no en mi cama de siempre, en mi cama de verdad, en Barcelona, en mi vida.
Sentía la enorme necesidad de volver a mi vida. Y qué pena. Quizá fuese eso, pena, y no necesidad. Nunca lo sabría.
Seguimos andando hasta que visualicé la fachada de mi hotel, me relajé al instante. Me paré en seco y me puse frente a él.
- Bueno.. - Comencé encogiéndome de hombros.- Gracias. - Concluí.
- Ha sido un placer. - Dijo algo ruborizado, yo reí.
- Supongo que no tardaremos mucho en vernos de nuevo.
- Seguro que no. - Y su boca se cerró en una fina línea que parecía luchar por convertirse en una sonrisa sin resultados.
Me acerqué y le di un corto abrazo. No estaba para NADA acostumbrada a dar abrazos y los odiaba, pocas veces no eran incómodos.
Antes de irme le dediqué una sincera y espero que bonita sonrisa, luego me despedí con la mano, él se quedó parado y esta vez si que parecía sonreír, cuándo me volví antes de entrar por la gran y acristalada puerta, Dylan ya no estaba.
Me había costado despedirme de él, pocas veces me había pasado, bueno, si no contaba las incontables despedidas mías y de Mario.
Mario, Mario, Mario. Fuera de mi mente, fuera, fuera, fuera.
Mi cumple años no había resultado tan horrible, pensé al entrar en el ascensor y pulsar el pequeño numerito de siempre. ''De siempre'' de qué, si llevas aquí días, idiota.
Me encantaba ir sola en ascensor, mucho. Siempre me miraba en el espejo y pensaba en voz alta, sí, era idiota de verdad.
Casi cuando las puertas del ascensor debían abrirse, pensé que ya eran dos treinta y unos de julios en los que Mario no había estado a mi lado, el pasado año se encontraba de viaje, y recuerdo perfectamente lo mal que estuve, sola, en casa comiendo palomitas y leyendo el libro que me había regalado la noche antes a las doce de la noche. No es que eso hubiese sido malo, pero era peor que lo mejor.
El irritante sonidito sonó y cuando entré me acerqué a uno de los largos sofás en el que se encontraba Ben.
- ¿Esta noche también duermes aquí? - Reí. Él también rió pero negó a la vez con la cabeza.
- ¿Lo has pasado bien?
- Genial. - Contesté sonriendo.
- Me alegro.- Y seguidamente se levantó, me dio las buenas noches y se fue hacia su dormitorio.
Ben estaba formando parte de mi familia y casi ni me había dado cuenta. Le estaba dejando entrar en mí vida y si se lo contara a alguien que de verdad me conociera, no lo creería. La pequeña opresión se fue haciendo hueco en mi pecho.
No quería tener que querer a personas para que dentro de un limitado y corto tiempo se fueran, desapareciesen cómo si nada y cómo unas tres veces antes me había pasado. No quería más errores en mi vida, los errores te cambian, y aunque a veces cambiar sentaba bien, estaba cansada de ello.
Me hice una taza de café antes de irme a dormir y me la llevé a mi cuarto como muy acostumbrada a ello estaba. Sí (muy contradictorio e irónico cómo habitualmente todo respecto a mí), pero café para dormir.
Apagué las luces del pasillo y ni siquiera me molesté en encender la de mi cuarto al entrar, estaba apunto de dirigirme hacia la mesita de noche a duras penas e intentando no tropezar en la oscuridad cuando mi taza de café calló al suelo.
- Creí que no llegarías nunca.- Protestó la voz desde mi cama.
Fue lo más tranquilizador y sorprendente que había escuchado en mis días en Nueva York. No, no podía ser. El café se me había caído en los zapatos y estaba excesívamente caliente, también pensé durante unos segundos en la cara alfombra blanca que acababa de manchar y seguidamente corrí hacia donde recordaba a ver visto el interruptor y, por fin, toda la habitación se llenó de la resplandeciente luz que provenía de la enorme lámpara del techo.
Mario estaba sentado a los pies de mi cama, serio pero con cierta diversión en el rostro. Me llevé las manos a la boca y abrí tanto los ojos tanto como pude. No tardé más de cinco segundos en correr la corta distancia que nos separaba y lanzarme sobre él, éste cayó boca arriba en el colchón conmigo encima.
Y, por primera vez en mi vida, comencé a llorar sin antes replantearme la parte que le estaba mostrando de mí a alguien, aunque éste quizá me hubiera visto llorar más veces que cualquier persona de mi vida, pero, sin duda, las lágrimas no eran las mismas, nada era lo mismo, me sentía completa, lloraba de completa felicidad.
Nunca, y nunca de todos los nunca(s) posibles, me había llegado a replantear lo mucho que podría notar la presencia de alguien en mí. En los últimos años había rellenado varios huecos dentro de mí, me había aceptado a mí misma, había aceptado la muerte de mi padre, había aceptado el comportamiento de mi madre.. Pero el hueco que me encontraba rellenando en estos instantes no era exactamente un huevo, más bien era solo yo.
Me hice sitio en su cuello como tantas otras veces había hecho y me sentí, ahora sí, como siempre.
Eché la mayor parte de mi cuerpo a un lado para quedar a su lado sin separarme de él y comencé a calmarme, ninguno de los dos dijo nada, su respiración era lenta y tranquila y, poco a poco, la mía se volvió similar, cerré los ojos e inspiré lo más profundo que pude y me acomodé un poco junto a él. Mi cara se encontraba entre su cuello y el hueco de su clavícula, no pensaba moverme de allí y sentí que no necesitábamos palabras, al menos, no en ese momento. Sentía qué los ''te he echado de menos'' no hacían falta y que aquello lo expresaba todo.
Lentamente y, por una vez entre muchas veces, sin banda sonora propia, cerré los ojos y me dormí.





3 comentarios:

  1. genial carmen estoy super enganchada, sigue así.

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    1. ¡Me alegro de que te guste! Muchas gracias, de verdad.

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  2. Cuando subes el próximo cap.? Estoy enganchadisima, me encanta como escribes en serio.

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