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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Capítulo 6

Definitivamente, no era la voz que esperaba. Dylan seguía a mi lado esperando a que yo dijera algo.
- ¿Eres Leire? - Prosiguió el camarero de ojos bonitos al notar que no reaccionaba.
- ¿Cómo sabes mi nombre? - Pregunté. La voz que me pareció dulce en un principio rió.
-  No me gusta servir a personas que no conozco. - Vaciló. Quise soltarle que solo era un simple camarero que no tenía ni idea de quién yo era y que debía callarse. No lo hice.
- ¿Y que quieres? - Le espeté. No pensaba seguirle el juego.
- Verte. - Soltó con tal naturaleza que parecía conocerme de toda la vida. Mi cara fue tan inexpresiva que Dylan me preguntó que si me ocurría algo, a lo que le respondí moviendo la cabeza negativamente.
- Pero no me conoces de nada, y yo a ti tampoco. - Respondí confusa, quizá demasiado. - Ni siquiera sé tu nombre. - Añadí antes de que él respondiera.
- Yo el tuyo sí. 
- Mira, no sé por qué me has apuntado tu número de teléfono y por qué quieres verme. Y tampoco es que quiera saberlo. - En realidad, sentía curiosidad. También sentía miedo.
- Bueno, tú verás. - Parecía borde pero, sonaba despreocupado. Bastante.
- Vale.- Contesté. - Adiós. - Añadí.
- Hasta pronto. - Y colgó. 
Tras colgar le conté la corta conversación a Dylan. Nos pasamos un buen rato comentando lo raro que era todo.
Dylan me demostró lo equivocada que estaba respecto a él. Su imagen de niño tonto y pijo no me dejó pensar más allá, ni siquiera había imaginado poder tener una conversación ''razonable'' con él algún día.
Un rato después Dylan y su madre Roxanne se marcharon, esta se despidió muy sonriente y prometió volver pronto, parecía feliz aunque sus ojos se veían rojos y algo tristes, Ben la despidió con un fuerte abrazo. 
- Leire, tenemos que hablar.- Murmuró Esther en cuanto las puertas del ascensor se cerraron. Sabía la conversación que me esperaba y no, no quería tenerla. No quería volver a tener que hablar del odioso tema dos veces por semana de nuevo, estaba bien, no entendía por qué me seguían obligando a ir.
Las dos nos dirigimos hacía el sofá mientras Ben se encerraba en su despacho, sabía que esta conversación no le incluía.
- Este martes tienes tu primera cita con el Señor Tomson, tu nuevo psicólogo. - Parecía seria, y nerviosa. Sabía lo que le esperaba. 
- Podríamos haberlo hablado antes. - Repliqué, y llevaba razón. Tendría que habérmelo comentado antes de concertar la cita.
- Intentaba retrasar esta discusión. - Suspiró. Vaya excusa más mala, pensé. Al menos no se había ido
intentando evitar la charla como tantas otras veces había hecho. No le contesté. - Vamos Leire, es uno de  los mejores psicólogos de Nueva York. Todo irá bien. - Añadió.
- ¡Es que ya va todo bien! - Grité. Odiaba a mi psicólogo en Barcelona, quizá me ayudó mucho junto a mí
 nutricionista, pero odio hablar de mí con personas cercanas a mí y tener que hacerlo con un desconocido era más frustrante aún.
- Tuvimos esta misma conversación un mes antes de venir aquí, prefiero no tenerla de nuevo. - Dijo. Pensé en irme, pero no le iba a dar esa satisfacción.
- No, la comenzamos y te largaste a emborracharte, ¿no te acuerdas? - Intenté no elevar mucho la voz pero me era imposible.
- Comenzaste a gritarme, como siempre.
- ¡Porque tú me obligas a hacerlo! - Grité. Era verdad que la mayoría de las veces lo hacía cuando hablaba con ella. Esther solo suspiró bruscamente y se levantó para encerrarse en su habitación. - Bien, muy bien Esther. - Añadí. Ella me respondió pegando un fuerte portazo al cerrar la puerta.
Fui a mi cuarto a por mi mochila y me monté en el ascensor, era hora de ver Nueva York.
Cuando salí la sensación de estar bajo el aire acondicionado todo el día desapareció y me topé con la realidad.
Aún no me creía todo esto. Pensaba que debía de pellizcarme las mejillas una y otra vez para despertarme y volver a estar en mi pequeño piso en Barcelona, con una madre borracha y una enfermedad que superar.
La gente andaba de un lado para otro sin prestar atención a nada. Algunos turistas se paraban a mirar la fachada del hotel bajo el que estaba, mejor dicho bajo ''mi'' hotel, ya que era preciosa, era muy raro pensar que vivía ahí.
Eché a andar sin tan siquiera saber muy bien hacia donde iba, mi Iphone por fin tendría alguna utilidad, me serviría para no perderme. Me encontraba a unos 15 minutos de La Quinta Avenida, así que me puse los cascos y anduve más despacio de lo normal observando todo lo que podía a mi paso.
Quería sentir la libertad.
El bullicio de gente aumentó en cuanto me encontré allí, antes solía agobiarme con facilidad y me veía obligada a correr para encerrarme en mi cuarto. Apunté en mi cuaderno mental agradecérselo a mi odioso ex-psicólogo Sebastián, gracias a él lo ''superé'', ya que la opción de que el miedo volviera siempre era posible.
La zona más comercial era la más cercana a Central Park, así que empecé por ahí, no esperaba comprar nada ya que apenas llevaba dinero. Me paré en escaparates de tiendas como Armani o como la gran tienda de relojes Cartier que se encontraba junto a Central Park, pensé en visitar el parque pero se me haría muy tarde. Por cierto, me encantaban los relojes, pero nunca llevaba uno.
El precio de la ropa (en general) era tan exageradamente caro que me hacía gracia. Me pregunté si mi madre algún día llevaría ropa así, porque yo, obviamente no.
Me tropecé con varias personas e hice caer unos cuantos libros. Pero tranquilos, eran del sexo femenino y no estábamos en una película. Mi torpeza era lo único que el destino me estaba mostrando.
Estuve haciendo cola ante la puerta de Apple unos diez minutos ya que (no sabía por qué) pero al parecer había más gente de lo habitual, por fuera me fascinaba. Empezaba a pensar que sentía una gran obsesión hacia las cristaleras. Compré una funda para mi móvil (ya que si no lo protegía un poco) lo rompería a base de mis golpes en un par de semanas. 
Ya casi eran las siete, no tardaría mucho en anochecer así que por último me pasé por Fao Swarz, una de las jugueterías  más bonitas del mundo. Me encantaban las jugueterías.
Solo vi la primera planta y me compré un perrito de peluche super-mega suavito. Y, que conste que nunca me habían gustado mucho los peluches.
Cogí el metro para volver a casa (me sorprendí a mi misma hablando perfectamente en inglés), ya que tuve que preguntar a varias personas para no coger un metro equivocado. Me encantaba mirar a la gente en el metro, nadie solía mirar a nadie, quizá fuese por eso. No podía comparar ir en metro en Nueva York a ir en metro en Barcelona, pero era lo más parecido a casa que había visto en estos dos días. Se me hacía raro tener que obligarme a pensar que me estaba dirigiendo hacia mi nueva casa en un hotel y no a mi estrecho piso en una remota calle de Barcelona frente a una cutre cafetería.
El hotel estaba más lleno que de costumbre, pero esto no impidió que Roger (el simpático recepcionista) me saludara amablemente y me ofreciera una galleta. En realidad solo daban galletas a los nuevos huéspedes, pero yo parecía caerle bien. Me obligué a rechazarla ya que tenía prohibido comer fuera de mis horarios. 
Hacía mucho que no comía en un McDonald's o me compraba una bolsa de chuches, lo podía hacer perfectamente a escondidas pero yo temía mucho más que mi madre que toda esa comida acabara yendo a donde no tenía que ir. 
Una mujer rubia y su hijo pequeño subieron conmigo en el ascensor, se bajaron en la tercera planta y yo seguí sola hasta la última. De pequeña siempre me habían gustado los ascensores, ahora me parecían tristes. Siempre que íbamos a algún sitio con ascensor mi padre me cogía en brazos y juntos corríamos para montarnos mientras mi madre subía por las escaleras, siempre le había dado miedo subir en ascensor, irónico que ahora tuviera que verse obligada a subir a su casa en uno. Al parecer no era la única que estaba superando sus miedos.
Ben salió de la cocina al escuchar mi llegada.
- Vaya, ¿habías salido? - Preguntó sorprendido. Ni siquiera habían notado que no estaba en casa, bien.
- Sí. - Contesté a duras penas y proseguí a encerrarme en mi cuarto. 
- ¡¿PERO TÚ DÓNDE HAS ESTADO?! - Exclamó Esther saliendo de la cocina también.
- Por ahí. - Conteste poniendo los ojos en blanco. - ¿Qué más te da? Si ni siquiera habíais notado que no estaba. - Añadí. Estaba echando leña al fuego y lo sabía, pero me daba igual.
- Podrías haberte perdido Leire. - Apuntó el listísimo de Ben. 
- Estoy aquí, ¿o no me ves? - Vacilé alzando las cejas. 
- No le hables así. - Me regañó Esther.
Reí ante su orden y seguí andando hacia mi cuarto. 
- La cena estará lista en media hora. - Me informó antes de que cerrara la puerta. Imité su actitud horas antes y contesté con un portazo.
Me quité toda la ropa hasta quedarme en ropa interior y me tumbé en mi cómoda cama. Ni las preciosas vistas me alegrarían la noche. Cogí mi móvil y le coloqué su funda. 
Me tiré la media hora restante mirando el techo de mi habitación y luego salí a comer. Fue la cena más incómoda de mi vida.
Solo hablaron ellos y al parecer teníamos que asistir a la ''famosa'' boda el mes que viene. Odiaba las bodas.
Tras cenar me di un buen baño y, casi a las once, volví a estar tumbada en mi cama. Pensé en todo en general, mi vida en estos últimos días había sido un completo desastre. 
Había acudido a uno de los funerales más duros de mi vida (sin contar el de mi padre), mi mejor amigo me odiaba, odiaba a mi mejor amigo, echaba de menos a mi mejor amigo, necesitaba a mi mejor amigo. Nueva York era lo más increíble que había visto en mi vida (y no había visto mucho). Odiaba a mi madre, odiaba a mi madre y, volvía a odiar a mi madre. También había conocido a un grupo de chicos y chicas pijos-no-tan-pijos, en Manhattan había demasiada vida social, no estaba acostumbrada a tener demasiada vida social. También tenía un nuevo ''primo'' llamado Dylan que resultaba ser un creído-no-tan-creído. Y bueno, un camarero con una sonrisa preciosa me había dado su número sin tan siquiera conocerme (aunque él decía lo contrario) y sentía miedo al respecto. También curiosidad. 
En definitiva, echaba de menos a mi mejor amigo.

Llevaba un buen rato intentando dormir (cosa que no daba resultado) cuando mi móvil emitió ese sonido irritante que parecía indicar que me habían enviado un mensaje.

No tenía el número guardado así que me fui directamente hacía el pequeño texto.

Tranquila Leire, soy Dylan y no el camarero psicópata. 

Prometí enseñarte algo de Nueva York y quizá te gustaría ver la zona más viva de Manhattan, el Times Square, te encantará. Mañana te llamo si te parece bien. 
Buenas noches, Leire.

Me sorprendió bastante ya que no me lo esperaba para nada y sonreí, ya que me moría de ganas.



No eres Dylan, tampoco el camarero psicópata. Pero sí un idiota.
Me encantaría, espero tu llamada.
Buenas noches, Dylan.

Y ahora si que no podría dormir, joder. Decidí levantarme y encendí la luz de la pequeña lampara que había en mi mesita de noche. Busqué un lápiz y me senté en el suelo con mi cuaderno frente a mi gran ''ventana''. 
Comencé a dibujar ojos, no sé realmente por qué pero me encantaban los ojos. Cuando me vine a dar cuenta tenía una página repleta de ojos. Me pareció bonita. 
Mis ojos ya me pesaban y por el propio bien de mis ojeras decidí que era hora de dormir. Estaba apunto de meterme en la cama de nuevo cuando escuché el insoportable sonido del ascensor. 
Era demasiado miedica como para salir pero si Roger había dejado pasar a alguien era por algo, además, aún se escuchaba la tele desde el salón.
Me puse las zapatillas y salí. Ben estaba dormidísimo en el sofá, dormir en el sofá era sinónimo de haber peleado con Esther. Me asusté al ver a una persona detrás del sofá pero me tranquilicé al darme cuenta de que era Roger. 
- ¡Oh, siento asustarla! - Susurró muy bajo. Me acerqué hasta él intentando hacer el menor ruido posible. 
- No importa, es muy tarde. ¿Qué hace aquí? 
- Debía traerle esto. - Dijo extendiendo lo que parecía ser un sobre y algo envuelto en papel de regalo negro. Sí, existía el papel de regalo negro. Se me hizo un nudo en el pecho al verlo. - Llegó en el correo de esta mañana pero me indicaba que lo subiera a esta hora, hablé con Ben y le pareció bien. No te esperaba despierta. 
- Oh, dios. - Susurré. - Muchas gracias por traerlo a la hora indicada, Roger.- Sonreí. El simpático hombre asintió y se volvió para volver al trabajo dándome las buenas noches antes. 
Estuve unos dos minutos sin moverme hasta que obligué a mis piernas hacerlo. Entré en mi habitación aún sujetando la carta y el regalo, busqué mis cascos y sin tan siquiera saber muy bien que canción sonaba me senté en mi cama y abrí la carta.


¡Felices 17, Leyre! 
No iba a permitir que alguien te felicitara antes que  yo, ni siquiera Roger el recepcionista. Espero que estés disfrutando de la ciudad de tu vida. Besos desde Barcelona.
PD: espero que te guste el papel de regalo negro, ¡las buenas cosas nunca cambian! 

Mario.


Sonreí al leer mi nombre escrito mal, siempre lo hacía a pesar de todas las veces que le había corregido.
Me sentía la persona más tonta del mundo. No me había acordado de mi cumple años. 
¡¿Pero cómo una persona puede olvidarse de su propio cumple años?! 
Birdy se había convertido en la banda sonora de la carta, la leí como unas 15 veces antes de abrir el regalo. Rompí el papel negro como otras tantas veces había hecho, no me gustaba, pero Mario no me dejaba abrir regalos con cuidado nunca. 
Sabía que era un libro (como siempre). Le tenía prohibido regalarme otra cosa. No había cosa más especial.
No era demasiado grueso pero tan poco demasiado fino. Era de Cecelia Ahern, titulado Where rainbow end. 
No estaba escrito en Español y, esto si que era nuevo. 
Solo quería coger papel y lápiz, escribir mis días en Nueva York y hacer que llegaran a Barcelona lo antes posible. También quería llorar hasta quedarme seca e imaginarme que vivir sin Mario sería fácil. Quería eliminar el sentimiento de echar de menos de la lista de sentimientos del mundo.
Es más, el único sentimiento con el que quería seguir conviviendo era el de sentirme libre bajo todos los rascacielos de Nueva York. 
Las lágrimas se acababan y aunque amanecía, el sueño acechaba.  
Intenté sacar el lado bueno de las cosas antes de dormirme y, bueno, acabé llegando a la conclusión de que, aunque sentía que mi mejor amigo me seguía odiando, se había molestado en hacerme saber que al menos no se había olvidado de mí.

1 comentario:

  1. Al fin ha aparecido Mario ay, lo echaba de menos!!! Síguela pronto...... :)

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