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miércoles, 20 de agosto de 2014

Capítulo 4.



Mi primera mañana en Nueva York se basó en desayunar en mi nueva cocina y ordenar mi nuevo cuarto, era algo más grande que el que tenía en Barcelona y, lo mejor de todo, era que tenía otra gran cristalera como la del salón. También tenía un nuevo móvil, al que por cierto, odiaba. O bueno, quizá odié aún más el momento en el que me lo dieron, ya que era para ''contactar con Mario''. 
Corregí mi mala cara al escuchar el sonido del ascensor abrirse a pocos metros de mi sofá. Debía darme la vuelta para ver a la persona que entraba pero esperaba a mi madre, así que seguí mirando por la ventana.
- Hola. - Me saludó Ben, sentándose a mi lado.
Sorprendida me giré y me senté también para dejarle un poco de más espacio.
- Hola. - Sonreí.
- ¿Qué.. tal? 
- Bien. 
- No.. Lerie, yo no quería que viajáramos tan pronto, pero no tuve otra opción. 
- Oh, no importa, estoy contenta de estar aquí. De verdad. - Dije. Intentando sonar convincente, aunque en realidad no sabía por qué, ya que no me importaba para nada estar aquí. Pero lo que no me podía negar, era el sentimiento de saber que gran parte de mí se había quedado en Barcelona.
- De verdad que quiero que tú y tu madre seáis felices aquí, conmigo. - Y sonó tan.. convincente. La verdad era es que tenía a Ben como uno más, y aunque mi mente no lo asimilara aún, llevaba días sin ver a mi madre borracha. Y mudarse a Nueva York no era exactamente una tontería.
- Lo seremos. - Y volví a sonreír. Algo dentro de mí de verdad esperaba serlo.
Tras explicarme que tenía una reunión muy importante en unos diez minutos, Ben se fue y me dejó de nuevo sola en el sofá. Me apetecía salir y pasear por el centro de Manhattan pero mi madre en cuanto notara mi ausencia se pondría de los nervios. Desgraciadamente (en este aspecto), no estábamos en Barcelona.
Subí a mi habitación, pensé en llamar a Mario mientras miraba todo lo que podía ver de Nueva York desde mi cama, pero tiré el móvil bajo la cama antes de hacerlo y, las ocho horas mal dormidas de avión, cayeron sobre mí.

Cuando abrí los ojos, no fue exactamente porque se hacía de noche, si no porque el sol brillaba como nunca. Rebusqué bajo mi cama y cogí mi móvil, eran las diez de la mañana.

Salté de mi cama y me metí en la ducha de mi nuevo baño lo más rápido que pude. ''Complicated'' de Avril Lavigne sonó unas cuatro veces mientras me duchaba, siempre escogía una sola canción y la ponía en modo repetición.
Tras salir de la ducha y ''secar'' si se puede llamar así a lo que hice con mi pelo. Me decidí por ponerme una camiseta lisa de color verde, unos baqueros ajustados y mis converses blancas. En una de las puertas de mi armario había un espejo inmenso.
Mi camiseta verde hacía resaltar mi largo pelo pelirrojo, era bastante claro, a veces era más rubio que naraja (cosa que odiaba), y también hacía resaltar mis abundantes pecas. Que por cierto, ocupaban la mayor parte de mis mejillas y gran parte de mi nariz, me gustaban las pecas, pero no en tal abundancia. Mi pelo me venía de mi difunto padre, era pelirrojo de una manera excesiva, cosa que siempre me había gustado.
Me veía más.. yo. Llevaba dos semanas sin visitar a mi psicólogo y a mí nutricionista (ya que sus dos semanas de vacaciones también eran las mías) y estaba cumpliendo con todo lo que debía, pero me sentía más yo, más libre, no sé. Quizá fuera Nueva York, pensé.
Se supone que debería de estar dentro de el tipo de prototipo de ''chicas guapas'' ya que mi pelo largo y mis ojos verdes son el principal elemento de este prototipo, pero para nada, podría contar con los dedos de una mano las veces que me habían llamado guapa en mi vida. Y como es obvio, solo conservo una abuela a la que solo veo una vez al año.
Recuerdo la primera y única vez que Mario me lo dijo, estábamos viendo una película en su cuarto y, sin querer, me derramó toda su coca-cola encima. Yo, sin tan siquiera darme cuenta, me quité la camiseta y me puse a buscar una suya en su armario, cuando me volví con ella puesta él ni siquiera recogía el estropicio, si no que me miraba. Tras chasquearle los dedos varias veces porque me estaba partiendo de la risa, me soltó lo preciosa que estaba. No volvió ha decirlo nunca más.
Parpadeé y le di la espalda al espejo, Mario no debía formar parte de mis pensamientos. En cuanto llegué a la cocina mi madre me saludó desde la mesa mientras le daba un mordisco a su tostada.
- ¿Por qué al menos no me levantaste para cenar? - Me quejé.
- Estabas tan.. dormida, me dio pena despertarte. - Pensé que desde aproximadamente mis siete años (donde dejó de darme las buenas noches), no me veía dormir en ''mi cama'' (ya que nunca la dejaba entrar en mi habitación) y en fin, me dio mucha pena.
- Bueno, al menos he recuperado el sueño de un par de días.
- Eso mismo pensé yo.
Y me limité a sonreirle mientras me sentaba en frente con mi respectivo tazón de cereales.
- El vestido para esta noche llegará dentro de unas dos horas. - Dijo, mientras se levantaba para recoger sus cosas. Miré a ver si hablaba por teléfono pero parecía referirse a mí.
- ¿Qué? - Pregunté.
- Ya sabes, lo que te comenté ayer. La fiesta de esta noche.
- ¿Qué-qué fiesta? - Tartamudeé antes de meterme en la boca otra cuchara repleta de cereales.
- Oh, por dios.. Estarías demasiado dormida cuando me dijistes que sí.
- ¿Te puedes explicar ya? - Me quejé, no entendía nada.
- Anoche, subí a avisarte para cenar y decirte que esta noche debemos asistir a una fiesta a la que nos han invitado los compañeros de trabajo de Ben.
- No pienso ir a una fiesta de pijos. - Repliqué.
- ¡Leire! Son personas.
- Sí, ya, como nosotras.
Desvió la mirada al escuchar esto.
- Debemos adaptarnos, ¿vale?
- Que viva en un hotel en el centro de Manhattan no quiere decir que deba vivir como ellos.
- Leire.. Vas a ir a la fiesta, se lo he dicho a Ben, y no hay más que hablar.
- ¡¿Desde cuando me das ordenes?! - Exclamé enfadada. 
- ¡Desde que soy tu madre! - Gritó con lágrimas en los ojos.
Dejé mi cuenco de cereales en la mesa y me volví a mi cuarto.
Bien, llegaba tarde, había estado viviendo sin madre desde mis diez años. Que fue cuando murió mi padre, ella en esos momentos solo se preocupó por ella, y bueno, hasta que se vio obligada a ocuparse de mi vida porque personas que no me conocían de nada la avisaron de que me hundía. Y fue demasiado triste, ya que lo hizo simplemente porque debía hacerlo. Noté que la palabra ''triste'' abundaba en mi vocabulario.
Me obligué a no pensar mucho en la fiesta de esta noche mientras leía y veía fotos antiguas en mi ordenador hasta que llegó ''el vestido.''
En el suelo de la puerta de mi habitación estaba, supuse que mi madre lo había dejado allí tras llamar e irse. Cogí la larga caja que parecía guardar cualquier cosa menos un vestido y la puse encima de mi cama. Al abrirla saqué el vestido inmediatamente, pensé que si no me gustaba aún estaba a tiempo de poder cambiarlo.
Pero no, era negro (cosa que me alivió mucho) ajustado por arriba y con algo de vuelo por abajo, un pequeño cinturón fino que parecía ser de pequeños diamantes (dudé, pero por el envoltorio, claro que lo eran) en la cintura. Parecía corto pero no demasiado, lo estiracé a un lado de la cama para quitar la gran caja de allí. Al cogerla, noté que había algo más dentro. Unos enormes tacones negros de tacón de aguja le acompañaban junto a una pequeña diadema (similar al cinturón), saqué los tacones pero ni siquiera me los probé, no pensaba montarme en eso. 
Estaba nerviosa, mucho. Me gustaban las fiestas pero estaba segura de que odiaría esta, si quiera había llevado vestido a las fiestas que había asistido. Necesitaba relajarme.
Me tendí en mi cama mirando el claro techo de mi habitación y pensé en hacer lo único capaz de relajarme completamente. 
Busqué en los cajones de mi nuevo escritorio. La palabra ''nuevo'' no se alejaba de mi mente y cuando lo encontré saqué NUESTRO cuaderno. Era mucho más grande que uno normal, ya que estaba echo para dibujar (cosa que no hacíamos en él), bueno, solo a veces. NUESTRO cuaderno se basaba en cosas que nos gustaban, palabras, fotos, textos, pegatinas, dibujos.. solo me permitía recordar todo aquello una vez al año, y no era ese día así que me pasé directamente a las hojas del final y cogí un lápiz cualquiera.
Dibujé tanto como escribí, nadie a parte de mi padre sabía de este cuaderno, era algo nuestro que (desgraciadamente) se había convertido en mío. 
La hora de ''prepararme para fiesta'' no tardó mucho en llegar, Ben vino a avisarme de ello ya que ni siquiera había bajado a comer. Cerré mi cuaderno y lo volví a guardar en su sitio, aparte de dibujar y escribir había pegado varios trozos de páginas bonitas de mi libro menos favorito. Me había encantado hacerlo.
Volví a darme otra ducha ya que los nervios habían vuelto y alisé mi largo pelo tras ello. Solo me pinté la raya y me ricé un poco las pestañas (cosa que odiaba). También pinté mis labios de un rojo bastante intenso (para el gusto de mi madre), y me coloqué el vestido junto a mis converses negras (ya que con las blancas me odiarían aún más). 
Eche un vistazo por mi gran ''ventanal'' (la verdad es que no sabía como llamarlo) antes de bajar, ya oscurecía y Nueva York se veía más preciosa que nunca. 
Ben y mi madre ya me esperaban en el salón, esta llevaba un vestido beige (casi blanco) que hacía resaltar sus largo y rizado pelo negro, Ben iba trajeado de azul con una corbata roja que le sentaba bastante bien. La verdad es que hacían una bonita pareja, ambos morenos y altos. Pensé que toda la fiesta pensaría que era adoptada.
- ¡Oh, qué guapa estás! - Exclamó Ben. Por cierto, odiaba la palabra ''guapa'', era fea. Porque sí.
Le sonreí en forma de agradecimiento y pensé que aún no había visto mis zapatos. 
- Leire.. - Musitó mi madre mirando mis converses.
- No hay problema, cariño. - Le dijo Ben. 
¡No había problema! Grité dentro de mí. Bien, muy bien. A Esther no le quedó otra que asentir disgustada.
Bajamos y el mismo coche que nos recogió en el aeropuerto nos esperaba. Vida era lo que se veía en las calles de Manhattan. 
En unos quince minutos, el coche paró y Ben nos abrió la puerta a mí y a mi madre.
La calle estaba atestada de gente, nos acercamos a la puerta del lujoso bar y un par de guardaespaldas nos dejaron entrar tras saludar a Ben. Yo sabía inglés desde pequeña y podía hablarlo perfectamente (gracias a que mi padre), pero la idea de verme obligada a tener una conversación demasiado la larga me provocaba ganas de vomitar.
Al entrar, una mujer que parecía estar entre los cincuenta y cincuenta y cinco años se apresuró para saludar a Ben, este le presentó a mi madre y seguidamente me presentó a mí.
- Oh, pero qué chica tan preciosa. - Dijo con su bonito acento americano, me gustaba su voz. Se esforzó por decir ''preciosa'' en español mientras reía junto a mi madre y Ben. Yo me limité a sonreír mientras me replanteaba si odiaba más la palabra ''preciosa'' o la palabra ''guapa''.
Cuando por fin pararon de reír comenzaron a hablar sobre su hijo y su novia, al parecer estábamos en una fiesta de compromiso. Más tarde le agradecería a Esther la información. Dejé de escuchar y me pare a mirar el lugar en el que estaba.
Había mesas por todas partes pero muy pocas personas estaban sentadas en estas, también había lámparas (muchas lámparas) que hacían el lugar bastante bonito. Al fondo había un gran espacio (donde se encontraba la gran multitud de personas) ante la barra tras la que se encontraban unos cuatro camareros bien uniformados, el resto se encontraba entre la multitud ofreciendo copas y algún que otro canapé.
La señora procedió a guiar a Ben y a Esther junto a la multitud, yo les seguí ya que parecieron no acordarse de mí. Ben se quedo un poco más atrás al ver que mi madre y Evelyn (que es como Esther se había referido a ella un par de veces) hablaban sobre moda.
- ¿Qué tal? - Me preguntó.
- Pues bueno, todo lo bien que se puede estar en una fiesta en la que no conoces a nadie. - Respondí con sinceridad y, raramente, en inglés. Algo que pareció sorprenderle incluso cuando él también lo había hecho.
- Te dejaremos libertad en cuanto te presentemos a un par de personas, te lo prometo.
- Vale. - Y no dije nada más, ya que el júbilo de personas que se acercaron a saludar no me dejaron.
Pasé la primera media hora saludando y saludando, hubo un par de personas que se vieron obligadas a morderse la lengua para no criticar mis bonitas zapatillas. Pero no me importó, estaba deseando que lo hicieran. Definitivamente, Ben tenía dinero y sus ''amigos'' incluso más.
Todo eran bonitos vestidos y bonitos zapatos, trajes de chaqueta con una pinta extremadamente cara y bebidas y comida que no tenían pinta de menos. Solo divisé a un par de chicas que parecían tener mi edad, di gracias a que nadie se ofreció a presentármelas. Llevaba un buen rato sin ver a la Evelyn cuando ella se acercó a mí con su enorme sonrisa.
- Oh, ven, ven. Te voy a sacar de aquí. - Me dijo cogiéndome de un brazo. Vi como le guiñaba un ojo a Ben.
 Y la verdad era que se lo agradecía, estaba cansada de tanto sonreír. Al salir de la multitud, me señaló a una de las mesas más cercanas a la puerta por donde habíamos entrado.
- Vamos, te presentaré a chicos y chicas de tu edad. - Exclamó sonriente. Las ganas de vomitar se apoderaron de mí.

6 comentarios:

  1. Perfecto como siempre. Este capítulo acerca más a los lectores a Leire y la verdad es que te enamoras cada vez más del personaje. Lo único que se echa en falta es que no los puedas subir más seguidos, pero no tendrás todo el tiempo que quisieras y lo veo normal, pero por lo demás excelente.

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    1. Como siempre, muchísimas gracias. Me alegro de que te guste y me anima mucho. Ah, e intentaré subir capítulo lo más rápido que pueda.

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  2. Yo echo de menos a Mario y espero que este mas presente en el próximo capítulo. Escribes muy bien y me encanta leer tu novela cada semana. No pares de escribir, vales para esto.

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    1. Si te consuela yo también le echo de menos. Muchísimas gracias y me alegra saber que te gusta, esto significa mucho para mí.

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  3. Muy bien Carmen. Sigue así :).

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