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sábado, 16 de agosto de 2014

Capítulo 3.

''–Oh, lo serán, –les aseguró Harry y, con sorpresa, vieron la sonrisa burlona que se dibujaba en su cara–. Ellos no saben que no nos permiten usar magia en casa. Voy a divertirme mucho este verano, con Dudley…''

Leí. Antes de cerrar el primer libro de mi saga favorita. Tras hacerlo, lo metí en la gran caja en la que se encontraban mis otros libros, había leído el final de absolutamente todos antes de guardarlos.
Me mudaba, quién se lo creería.. Me mudaba.
Ayer, cuando me lo dijeron. Me había enfadado, mucho, más de lo que jamás pensé que me enfadaría. Me lo había replanteado muchas veces, incluso lo había deseado. Pero por algún que otro motivo, nunca se lo había planteado a mi madre (que tampoco es que se encontrara en muy buenas condiciones en esos momentos).
Además, tenía a Mario, no podía largarme sin más y dejar a la única persona que de verdad quería mantener en mi vida.
- ¿Quieres que te ayude con algo, cariño? - Esther estaba echada en el marco de la puerta de mi habitación. En las últimas horas me había llamado ''cariño'' una docena de veces, y mis ganas de vomitarle en la cara aumentaban por momentos
- No, puedo yo sola.- Y aparte de que no quería su compañía, era verdad. Apenas me quedaban unos cuantos de discos y varias cosas del instituto.
Esther se limitó a asentir y a darse media vuelta para bajar las escaleras. Seguí con mis cosas hasta que terminé, ahora debía ir a despedirme de Mario, mi avión hacia Nueva York salía a las diez en punto de la mañana.
Por la mañana, antes de ponerme a empaquetar las cosas, lo intenté llamar varias veces y le dejé unos cinco mensajes, así que ahora ni lo intentaría. Me cambié de ropa y sin tan siquiera despedirme de Esther y de Ben (que llevaba todo el día en casa), me fui.
Los diez minutos siguientes, si no recordaba mal, habían sido los más cortos de mi vida, quería y no quería llegar a casa de Mario, sinceramente, no sabía que me encontraría, pero cuando me vine a dar cuenta, ya estaba plantada en su puerta.
Probé a abrir, pero como suponía, no estaba abierta (me obligué a no pensar en la última vez que la puerta estuvo cerrada) y llamé.
Estuve mirándome mis negras y rotas converses unos segundos antes de que la puerta se abriera.
Sus ojeras destacaban en su pálida piel, al parecer, era lo único en lo que nos parecíamos. Sus ojos marrones (por muy ''normales'' que fueran) eran lo que más destacaban en él. Llevaba el pelo más bien ''largo'' y le caían varios mechones ondulados en la frente. A pesar de lo pasado los últimos días, estaba guapísimo.
Al verme, dejó mostrar su hoyuelo en la mejilla izquierda al sonreírme.
No pude evitar devolverle la sonrisa, me moría de ganas de verle.
- Hola.- Dije encogiendo mis hombros y haciendo una mueca algo rara con la boca.
- Hola.- Y volvió a sonreír. Se le veía feliz.
- ¿No puedo pasar? - Y ladee algo la cabeza intentado mirar disimuladamente hacia dentro.
- Mmmmm, no.- Alcé las cejas.- Es que.. Tengo visita.- Contestó señalando hacia detrás con el pulgar. Aunque yo seguía sin ver nada.
Suspiré y le miré. No podía irme sin despedirme.
- Me voy.
- Vale, ¿te llamo luego?
- No, que me mudo.- Dije cerrando los ojos, no quería mirarle.
- ¿Qué te qué? 
Inspiré tanto como pude y le miré, no iba a llorar.
- Mi avión hacia Nueva York sale mañana a las diez.
- ¡¿Y ahora me lo dices?!- Gritó.
- ¡Me enteré ayer, y te he llamado una docena de veces, joder!- No podía creer que encima fuera capaz de echármelo en cara.
Se llevo una mano a la nuca y me miró, siempre lo hacía cuando no sabía que decir.
- Bueno, pues que te vaya bien.- Y se encogió de hombros. No le miré, no podía mirarle más. Simplemente me di media vuelta y me fui. Y no, no gritó mi nombre y me besó como en las películas (bueno, tampoco es que quisiera).
Y no anduve hasta mi casa, si no que me cogí un taxi, y me dirigí al pequeño bar en el que le conocí. No tardé más de media hora en estar sentada en un alto taburete. Al verme, el bajito y regordete Jaime se acercó a mí.
- Hola, rubita. - Me saludó. - ¿Cómo es que vienes sola?
- Hola.- Le sonreí. - Mario.. Está ocupado.- Mentí.
- ¿Lo de siempre? - Me preguntó tras hacer una mueca con la boca. Asentí, y cuando tenía el baso delante, comencé a beber como nunca. Definitivamente, esto no lo podía aguantar una chica de 16 años normal.
Cuando creí que estaba lo suficientemente borracha como para llegar bien a casa pagué a Jaime y volví a coger un taxi. 
Cuando llegué a casa ya casi era de noche, y me sentí ligeramente aliviada, porque por muy borracha que estuviera, no me gustaba coger taxis de noche y sola. Al caer en mi cama me di cuenta de que me encontraba sola, ya que no se escuchaba absolutamente nada y, era demasiado temprano para que estuvieran durmiendo. Suspiré y cerré los ojos, pero me obligué a no quedarme dormida, sentí ganas de vomitar, pero tampoco vomitaría.
Me desvestí hasta quedarme en ropa interior y busqué mi móvil entre mis baqueros, marqué su número, pero no le llamé, si no que escribí.
''Vente conmigo.''

Cuando el avión se preparaba para aterrizar, mi madre decidió despertarme. Me había pasado la gran parte del vuelo dormida ya que, mi noche anterior se basó en mirar el techo de mi habitación esperando algo que no iba a llegar.
Cuando el avión comenzó a aterrizar me puse a mirar por la ventanilla, no era la primera vez que subía (ya que con mi padre viajábamos mucho) pero siempre me gustaba ver como aterrizaba. Y claro, nunca había estado en Nueva York.
Cuando recogimos las maletas yo aún no me lo creía, con todo lo que había pasado.. Ni siquiera me había parado a pensar en que me mudaba a la ciudad con la que siempre había soñado, y bueno, en realidad tampoco es que me hubieran dado mucho tiempo como para pensármelo.
Mientras le dejábamos a Ben su tiempo para hacer unas cuantas llamadas, mi madre y yo nos sentamos al lado de una de esas máquinas de comida de las que se me antojó casi todo, mi madre se cogió una tableta de chocolate y algo para beber, y bueno, fue triste, ya que a mí solo me pudo ofrecer agua.
Ni siquiera habíamos hablado de ese tema (gracias a que me había pillado en mis semanas de ''vacaciones''), tendría que cambiar de psicólogo, de.. todo.
Ben no tardó demasiado, pero al salir del aeropuerto (y por cierto, sentirme la persona más pequeña del mundo), nos encontramos con un coche (que más bien parecía una limusina), esperándonos.
Alcé las cejas y mi madre emitió un sonoro grito (que por muy fuerte que fuera), nadie notó. Antes de montarme, me paré a mirar a mi alrededor, sinceramente, sabía que Ben tenía mucho dinero, pero no esperaba nada de esto.
Me pasé el viaje hasta nuestro nuevo ''hogar'' (que era como llevaba Esther llamándolo los últimos quince minutos) embobada ante todo lo que veía por la ventanilla. No me daba tiempo a fijarme básicamente en nada pero la palabra ''libertad'' estaba escrita en aquellas calles, y qué tontería, pero lo veía así.
Al bajarme del ''coche'' creo que empecé a tener más calor de la que debería, mi nuevo ''hogar'' no era.. bueno, digamos que no era la gran casa que yo me esperaba, no sé, en realidad no sabía que me esperaba.
- ¿En serio vamos a vivir en un hotel? - Pregunté. Y hablaba literalmente.
- ¿No te gusta? - Me preguntó Ben. Odiaba que me respondieran preguntas con otras.
- Oh, claro.
Mi madre le abrazaba tan eufórica que hasta me reí.
Ben se pasó un buen rato hablando con el recepcionista mientras nosotras le esperábamos en uno de los grandes sillones de la gran recepción del hotel, sin duda, era el lugar más lujoso en el que había estado en toda mi vida.
Cuando Ben al fin acabó, un chico bastante joven vestido de uniforme le comentó que ya había instalado nuestro equipaje mientras nosotros, nos disponíamos a andar hasta el ascensor más cercano. Al entrar, Ben pulsó el botón de la última planta. Mi madre taconeaba nerviosa.
- ¡Bienvenidas a nuestro nuevo hogar con una de las mejores vistas a Nueva York! - Gritó Ben. Yo corrí hacia la gran cristalera del ático más grande que había visto en mi vida.
Era increíble, no me podía imaginar estar sentada en el sofá, mirar por la ''ventana'' y ver esto, y de noche.. Observar esto de noche se volvería una de mis cosas favoritas, sin duda.
- Y aquí está, la ciudad que nunca duerme. - Susurré cuando mi madre se acercó.

2 comentarios:

  1. Pues que decir... Sublime como siempre Carmen, me encanta como escribes y no me cansaré de decírtelo. La verdad es que aunque sea más corto, el capítulo está muy bien, sólo el simple hecho de leer tus palabras es un placer para la vista. Un saludo de ese anónimo y admirador.
    PD: te dije en Ask que volverías a saber de mí ;').

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  2. Lo dicho, muchas gracias por todos los comentarios, ya sabes que significan mucho para mí.

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